Lunes 24 de enero de 2022

Documentos


BUSCAR DOCUMENTOS

Queridos hermanos y hermanas: En la encíclica Laudato si? invité a todos a colaborar en el cuidado de nuestra casa común, afrontando juntos los desafíos que nos interpelan. Después de algunos años, renuevo la invitación para dialogar sobre el modo en que estamos construyendo el futuro del planeta y sobre la necesidad de invertir los talentos de todos, porque cada cambio requiere un camino educativo que haga madurar una nueva solidaridad universal y una sociedad más acogedora. Por este motivo deseo promover un evento mundial para el 14 de mayo de 2020, que tendrá como tema: ?Reconstruir el pacto educativo global?; un encuentro para reavivar el compromiso por y con las jóvenes generaciones, renovando la pasión por una educación más abierta e incluyente, capaz de la escucha paciente, del diálogo constructivo y de la mutua comprensión. Hoy más que nunca, es necesario unir los esfuerzos por una alianza educativa amplia para formar personas maduras, capaces de superar fragmentaciones y contraposiciones y reconstruir el tejido de las relaciones por una humanidad más fraterna. El mundo contemporáneo está en continua transformación y se encuentra atravesado por múltiples crisis. Vivimos un cambio de época: una metamorfosis no sólo cultural sino también antropológica que genera nuevos lenguajes y descarta, sin discernimiento, los paradigmas que la historia nos ha dado. La educación afronta la llamada rapidación, que encarcela la existencia en el vórtice de la velocidad tecnológica y digital, cambiando continuamente los puntos de referencia. En este contexto, la identidad misma pierde consistencia y la estructura psicológica se desintegra ante una mutación incesante que «contrasta la natural lentitud de la evolución biológica» (Laudato si?, 18). Sin embargo, cada cambio necesita un camino educativo que involucre a todos. Para ello se requiere construir una ?aldea de la educación? donde se comparta en la diversidad el compromiso por generar una red de relaciones humanas y abiertas. Un proverbio africano dice que ?para educar a un niño se necesita una aldea entera?. Por lo tanto, debemos construir esta aldea como condición para educar. El terreno debe estar saneado de la discriminación con la introducción de la fraternidad, como sostuve en el Documento que firmé con el Gran Imán de Al-Azhar, en Abu Dabi, el pasado 4 de febrero. En una aldea así es más fácil encontrar la convergencia global para una educación que sea portadora de una alianza entre todos los componentes de la persona: entre el estudio y la vida; entre las generaciones; entre los docentes, los estudiantes, las familias y la sociedad civil con sus expresiones intelectuales, científicas, artísticas, deportivas, políticas, económicas y solidarias. Una alianza entre los habitantes de la Tierra y la ?casa común?, a la que debemos cuidado y respeto. Una alianza que suscite paz, justicia y acogida entre todos los pueblos de la familia humana, como también de diálogo entre las religiones. Para alcanzar estos objetivos globales, el camino común de la ?aldea de la educación? debe llevar a dar pasos importantes. En primer lugar, tener la valentía de colocar a la persona en el centro. Para esto se requiere firmar un pacto que anime los procesos educativos formales e informales, que no pueden ignorar que todo en el mundo está íntimamente conectado y que se necesita encontrar ?a partir de una sana antropología? otros modos de entender la economía, la política, el crecimiento y el progreso. En un itinerario de ecología integral, se debe poner en el centro el valor propio de cada criatura, en relación con las personas y con la realidad que las circunda, y se propone un estilo de vida que rechace la cultura del descarte. Otro paso es la valentía de invertir las mejores energías con creatividad y responsabilidad. La acción propositiva y confiada abre la educación hacia una planificación a largo plazo, que no se detenga en lo estático de las condiciones. De este modo tendremos personas abiertas, responsables, disponibles para encontrar el tiempo para la escucha, el diálogo y la reflexión, y capaces de construir un tejido de relaciones con las familias, entre las generaciones y con las diversas expresiones de la sociedad civil, de modo que se componga un nuevo humanismo. Otro paso es la valentía de formar personas disponibles que se pongan al servicio de la comunidad. El servicio es un pilar de la cultura del encuentro: «Significa inclinarse hacia quien tiene necesidad y tenderle la mano, sin cálculos, sin temor, con ternura y comprensión, como Jesús se inclinó a lavar los pies a los apóstoles. Servir significa trabajar al lado de los más necesitados, establecer con ellos ante todo relaciones humanas, de cercanía, vínculos de solidaridad». En el servicio experimentamos que hay más alegría en dar que en recibir. En esta perspectiva, todas las instituciones deben interpelarse sobre la finalidad y los métodos con que desarrollan la propia misión formativa. Por esto, deseo encontrar en Roma a todos ustedes que, de diversos modos, trabajáis en el campo de la educación en los diferentes niveles disciplinares y de la investigación. Los invito a promover juntos y a impulsar, a través de un pacto educativo común, aquellas dinámicas que dan sentido a la historia y la transforman de modo positivo. Junto a ustedes, apelo a las personalidades públicas que a nivel mundial ocupan cargos de responsabilidad y se preocupan por el futuro de las nuevas generaciones. Confío en que aceptarán mi invitación. Apelo también a ustedes, jóvenes, para que participen en el encuentro y para que sintáis la responsabilidad de construir un mundo mejor. La cita es para el día 14 de mayo de 2020, en Roma, en el Aula Pablo VI del Vaticano. Una serie de seminarios temáticos, en diferentes instituciones, acompañarán la preparación del evento. Busquemos juntos las soluciones, iniciemos procesos de transformación sin miedo y miremos hacia el futuro con esperanza. Invito a cada uno a ser protagonista de esta alianza, asumiendo un compromiso personal y comunitario para cultivar juntos el sueño de un humanismo solidario, que responda a las esperanzas del hombre y al diseño de Dios. Los espero y desde ahora los saludo y bendigo. Vaticano, 12 de septiembre de 2019. Francisco

Queridos hermanos y hermanas: El cardenal Poli me pidió si podía grabar un mensaje para esta Jornada Sinodal y lo hago con gusto. Sigo el Sínodo desde acá, a través del boletín diocesano, que como ahora viene con figuritas, con fotos, me sitúa mejor y sí que están trabajando mucho. Además, sé que el cardenal ha recorrido ya casi todas las parroquias durante este tiempo sinodal, antes ya las había recorrido, pero para hablar con las comunidades parroquiales. O sea que, se ve que hay movimiento. Y el Sínodo es eso: moverse, caminar, caminar juntos, ponerse de acuerdo. Y, cuando vos caminás, se supone que te encontrás con alguien y que hablás y que lo escuchás, y que reflexionás. O sea, caminar para que haya encuentro, escucha y reflexión. ¿Lo más difícil saben cuál es? Lo segundo: escucha. Porque mientras el otro me está hablando, yo ya estoy pensando lo que le voy a decir. No, escuchálo tranquilo. Y después, lo que sentís, decíle, pero escuchar: ?el apostolado de la oreja?. Por favor, no se lo olviden, es muy importante. La Iglesia, durante este camino, tiene que ser bendecida, porque caminar juntos para crecer juntos, en la Iglesia particular, atrae la bendición de Dios. Y en este camino van a encontrar cosas muy buenas y cosas no tan buenas. Para no ser negativo empiezo por las no buenas así dejo las buenas para el final, como el postre. Yo mencionaría tres dificultades, tres cosas que tienen que cuidarse en este camino. Primero, el clericalismo. Caminar en sinodalidad es que toda la comunidad diocesana, parroquial o la colegial; por ejemplo, un colegio camina junto. Todos son pueblo de Dios. A veces da pena cuando en una parroquia los fieles lo único que hacen es ver lo que dice el cura, y el cura deja de ser pastor para ser patrón de estancia. No, todos. Yo les hago una pregunta. Por ejemplo, en la parroquia tuya, ¿hay consejo de asuntos económicos? En la parroquia tuya, ¿hay consejo pastoral? ?No, no, todo lo hace el cura?. Bueno, ahí están en clericalismo puro. Entonces, cuídense del clericalismo que es una perversión en el cuerpo de la Iglesia. Es todo el pueblo de Dios, eso es la Iglesia, y que caminan juntos. Caminar para encontrar lo que Dios quiere, para manifestar la fe, para alegrarnos con la fe. Entonces, primero, el peligro que hay siempre en la Iglesia es el clericalismo. ¡Defiéndanse! Segundo, la mundanidad espiritual. Vivir el Evangelio pero con criterios mundanos. No, el Evangelio se vive con criterios evangélicos. Vivir mundanamente? No sé, digo cosas un poco pour la gallerie, pero no desde el corazón, con los valores humanos que el Señor nos dio y con los valores cristianos que él nos reveló. Entonces, cuídense de la mundanidad. Fíjense que esto no es ocurrencia mía; es lo que Jesús le pidió al Padre para los discípulos: ?No te pido que los saques del mundo sino que los preserves, que los cuides, para no caer en el espíritu del mundo?. Y el espíritu del mundo se nos filtra por todos lados, ¡por todos lados!: ?Ahora está de moda esto ?todos allá, atrás de la moda?, ahora está de moda esto, ahora está de moda pensar así...?. Y, dentro de esto de la mundanidad, tengan los ojos abiertos, no se ?coman? cualquier cosa. Hay una palabra que a mí me dice mucho. Cuídense de las ?colonizaciones ideológicas?. ?Colonizar?: nosotros fuimos colonia, América Latina toda fue colonia, África fue colonia, Asia fue colonia? Entonces pensamos que colonizar es que vienen los conquistadores, agarran el territorio y mandan, porque así vimos en la historia. Pero también está la colonización de la mente, la ?colonización ideológica?, cuando desde otras partes te ponen criterios que no son ni humanos, ni de tu patria y menos cristianos: eso es mundanidad. Vivir ingenuamente. Entonces, segundo peligro: la mundanidad. El tercer peligro, que para mí es el que más debilita a las comunidades eclesiales, es el chismorreo. El chismorreo es como un sarampión, que se mete y se mete, y no se puede vivir sin sacarle el cuero al otro. ¡Cuídense de los chismes! Lean lo que dice el apóstol Santiago sobre los chismosos. Cuántas veces oímos: ?Oh, esa señora es muy buena, va los domingos a misa, va todos los días a misa, pero es una chismosa?. ¡Bendito servicio le hace a la Iglesia una persona así! Hay un remedio para no ser chismoso: muérdanse la lengua. Se les va a hinchar, pero así se van a curar. Y cuando yo tengo ganas de decir un comentario, de sacarle el cuero a alguien, o aunque sea una insinuación, mordéte la lengua y pedíle a Jesús que te saque ese vicio. Los porteños somos chismosos, no solo nosotros, en todas partes. Pero nosotros somos chismosos con cierta brillantez. Que en este camino sinodal cada uno haga el esfuerzo de nunca decir una palabra, un comentario, que disminuya al otro. Los tres peligros que van a encontrar en el camino, ?en este camino que es de encuentro, de escucha y de reflexión?, tres peligros van a encontrar: el clericalismo, la mundanidad y el chismorreo. Se defienden de eso. ?Bueno padre, está bien. Y ahora, ¿cuáles son las seguridades??. Las seguridades vos no las podés tener antes del camino: no hay seguro de vida, no hay seguro de camino para esto. Cada día tenés que ponerte delante de Dios y caminar. ?Sí, pero, ¿con qué seguridad, padre, hago eso??. Tenés dos seguridades que son infalibles: primero, las bienaventuranzas. Metéte en el espíritu de las bienaventuranzas. Las bienaventuranzas, ¿cuáles son? Estoy tentado de decir que las digan en voz alta. Soy muy mal pensado, pero creo que ni la mitad del estadio las sabe de memoria. Las bienaventuranzas..., agarrá el Evangelio de Mateo y las leés. Y si las querés más breves agarrá el de Lucas, que son más breves; pero, el espíritu es el mismo: el espíritu de las bienaventuranzas. Lo que quiere Jesús del discípulo, de la discípula es eso. Esas son las cosas lindas y son las seguridades. Con eso, con este aire, con esta atmósfera de bienaventuranza el Sínodo no va a fracasar. Se los aseguro. Las bienaventuranzas. Y la otra seguridad es leer el protocolo sobre el cual nos van a juzgar. Y el protocolo sobre el cual Jesús va a opinar sobre este Sínodo, cuando termine. Y lo tenés en Mateo 25: las obras de caridad. Pero hay que escucharlas como las dice el Señor. Lean todos los días, ?los que quieren estar caminando en sínodo, lean todos los días las bienaventuranzas y Mateo 25, y ahí van a estar seguros. Camino, no estén quietos, caminen para encontrarse, para escucharse, para reflexionar juntos. Defiéndanse del clericalismo, de la mundanidad y del chismorreo. Y fortalézcanse con las bienaventuranzas y con Mateo 25. Y todo esto con la oración, que lo más importante de todo lo que dije es esto último. Orar, orar como Jesús nos enseñó. Orar los unos por los otros: por los que están en camino, por los que no quieren caminar, por los que caminan mal, por los que están lejos, por la Iglesia arquidiocesana, por el arzobispo. Orar. Y en este espíritu de oración, ciertamente que el Sínodo va a triunfar. Que Dios los bendiga, y ya que rezan, recen también por mí. Gracias. Francisco Ciudad del Vaticano, 27 de octubre de 2018 Vía Boletín oficial de la Oficina de Prensa del Vaticano.

Al hermano Emili Turú Rofes Querido hermano: Me es grato saludarlo y a través suyo a toda la familia Marista, con motivo del bicentenario de la fundación de su Congregación, durante el cual celebrarán el XXII Capítulo general que tendrá lugar en Colombia. Han deseado preparar esta efeméride bajo el lema «un nuevo comienzo», en el que está sintetizado todo un programa de renovación que supone mirar con agradecimiento el pasado, discernir el presente y abrirse con esperanza al futuro. La gratitud es el primer sentimiento que brota del corazón. Se necesita esta actitud de reconocimiento para valorar las obras grandes que Dios hizo a través de ustedes. Asimismo, dar gracias nos hace bien; nos ayuda a reconocernos pequeños ante los ojos del Señor y deudores de una tradición que nos fue dada sin haber hecho nada por nuestra parte. Ustedes pertenecen a una gran familia rica de testigos que han sabido donar sus vidas por amor a Dios y al prójimo con ese espíritu de hermandad que caracteriza a la Congregación y que convierte al otro en «hermano muy querido para mí» (Flm 16). Estos dos siglos de existencia se transformaron a su vez en una gran historia de entrega en favor de niños y jóvenes, a lo largo y ancho de los cinco continentes y los formaron para que fueran buenos ciudadanos y, sobre todo, buenos cristianos. Estas obras de bien son expresión de la bondad y misericordia de Dios que, a pesar de nuestras limitaciones y torpezas, jamás se olvida de sus hijos. Sin embargo no basta contemplar el pasado, sino que es necesario realizar un discernimiento del momento presente. Es justo que se examinen y es bueno que lo hagan a la luz del Espíritu. Discernir es reconocer con objetividad y caridad el estado actual, confrontándolo con el espíritu fundacional. San Marcelino Champagnat fue un innovador para su tiempo en el ámbito educativo y de la formación. Él mismo experimentó la necesidad del amor para poder sacar a relucir las potencialidades que cada chico lleva escondidas dentro de sí. Su santo Fundador decía: «La educación es para el niño lo que el cultivo es para el campo. Por muy bueno que este sea, si se deja de arar, no produce más que zarzas y malas hierbas». La tarea del educador es de entrega constante y tiene una carga de sacrificio; sin embargo la educación es cosa del corazón, esto la hace diferente y sublime. Estar llamados a cultivar exige antes que nada cultivarse ustedes mismos. El religioso-educador tiene que cuidar su campo interior, sus reservas humanas y espirituales, para poder salir a sembrar y cuidar el terreno que le confiaron. Deben ser conscientes que el terreno que trabajan y moldean es «sagrado», viendo en él el amor y la impronta de Dios. Con esta dedicación y esfuerzo, fieles a la misión recibida, contribuirán a la obra de Dios, que los llama a ser sencillos instrumentos en sus manos. Finalmente, los animo a que se abran con esperanza al futuro, caminando con espíritu renovado; no es una ruta diferente, sino vivificada en el Espíritu. La sociedad de hoy necesita personas sólidas en sus principios que puedan construir un mundo mejor para todos y dar testimonio de lo que creen. El lema de su Instituto religioso es ya todo un proyecto de vida: «Todo a Jesús por María, todo a María para Jesús». Es confiar en María y dejarse guiar por ella en su humildad y servicio, en su prontitud y entrega silenciosa; son actitudes que el buen religioso y educador tienen que transmitir con su ejemplo. Los jóvenes reconocerán en su modo de ser y actuar que hay algo de extraordinario y comprenderán que merece la pena no sólo aprender estos valores, sino sobre todo interiorizarlos e imitarlos. María los acompañará en este propósito y, junto a ella, ratificarán su vocación, contribuyendo a crear una nueva humanidad, donde el vulnerable y el descartado sean valorados y amados. Este futuro que desean y por el que sueñan no es una ilusión, sino que se construye desde hoy, diciendo «sí» a la voluntad de Dios en la certeza que él, como Padre bueno, no defraudará nuestra esperanza. Agradezco al Señor y a María, Nuestra Buena Madre ?como a san Marcelino le gustaba llamarla?, la presencia en la Iglesia de su vocación y servicio, y pido para ustedes el don del Espíritu Santo para que, movidos por él, lleven a los niños y jóvenes, como también a todos los necesitados, la cercanía y la ternura de Dios. Francisco

Queridos hermanos: Quisiera, ante todo, felicitarlos por el esfuerzo de reproducir a nivel nacional el trabajo que vienen desarrollando en los Encuentros Mundiales de Movimientos Populares. Quiero, a través de esta carta, animar y fortalecer a cada uno de ustedes, a sus organizaciones y a todos los que luchan por las tres T: ?tierra, techo y trabajo?. Los felicito por todo lo que hacen. Quisiera agradecer a la Campaña Católica para el Desarrollo Humano, a su presidente Mons. David Talley y a los Obispo anfitriones Stephen Blaire, Armando Ochoa y Jaime Soto, por el decidido apoyo que han prestado a este encuentro. Gracias Cardenal Turkson por seguir acompañando a los movimientos populares desde el nuevo Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral. ¡Me alegra tanto verlos trabajar juntos por la justicia social! Cómo quisiera que en todas las diócesis se contagie esta energía constructiva, que tiende puentes entre los Pueblos y las personas, puentes capaces de atravesar los muros de la exclusión, la indiferencia, el racismo y la intolerancia. También quisiera destacar el trabajo de la Red Nacional PICO y las organizaciones promotoras de este encuentro. Supe que PICO significa ?personas mejorando sus comunidades a través de la organización?. Qué buena síntesis de la misión de los movimientos populares: trabajar en lo cercano, junto al prójimo, organizados entre ustedes, para sacar adelante nuestras comunidades. Hace pocos meses, en Roma, hemos hablado de los muros y del miedo; de los puentes y el amor. No quiero repetirme: estos temas desafían nuestros valores más profundos. Sabemos que ninguno de estos males comenzó ayer. Hace tiempo enfrentamos la crisis del paradigma imperante, un sistema que causa enormes sufrimientos a la familia humana, atacando al mismo tiempo la dignidad de las personas y nuestra Casa Común para sostener la tiranía invisible del Dinero que sólo garantiza los privilegios de unos pocos. ?La humanidad vive un giro histórico?(1). A los cristianos y a todas las personas de buena voluntad nos toca vivir y actuar en este momento. Es ?una responsabilidad grave, ya que algunas realidades del mundo presente, si no son bien resueltas, pueden desencadenar procesos de deshumanización difíciles de revertir más adelante?. Son los ?signos de los tiempos? que debemos reconocer para actuar. Hemos perdido tiempo valioso sin prestarles suficiente atención, sin resolver estas realidades destructoras. Así los procesos de deshumanización se aceleran. De la participación protagónica de los pueblos y en gran medida de ustedes, los movimientos populares, depende hacia dónde se dirige ese giro histórico, cómo se resuelve esta crisis que se agudiza. No debemos quedar paralizados por el miedo pero tampoco quedar aprisionados en el conflicto. Hay que reconocer el peligro pero también la oportunidad que cada crisis supone para avanzar hacia una síntesis superadora. En el idioma chino, que expresa la ancestral sabiduría de ese gran pueblo, la palabra crisis se compone de dos ideogramas: W?i que representa el peligro y J? que representa la oportunidad. El peligro es negar al prójimo y así, sin darnos cuenta, negar su humanidad, nuestra humanidad, negarnos a nosotros mismos, y negar el más importante de los mandamientos de Jesús. Esa es la deshumanización. Pero existe una oportunidad: que la luz del amor al prójimo ilumine la Tierra con su brillo deslumbrante como un relámpago en la oscuridad, que nos despierte y la verdadera humanidad brote con esa empecinada y fuerte resistencia de lo auténtico. Hoy resuena en nuestros oídos la pregunta que el abogado le hace a Jesús en el Evangelio de Lucas «¿Y quién es mi prójimo?» ¿Quién es aquel al cual se debe amar como a sí mismo? Tal vez esperaba una respuesta cómoda para poder seguir con su vida ?¿serán mis parientes? ¿Mis connacionales? ¿Aquellos de mi misma religión?...?. Tal vez quería llevar a Jesús a exceptuarnos de la obligación de amar a los paganos o los extranjeros considerados impuros en aquel tiempo. Este hombre quiere una regla clara que le permita clasificar a los demás en ?prójimo? y ?no prójimo?, en aquellos que pueden convertirse en prójimos y en aquellos que no pueden hacerse prójimos(2). Jesús responde con una parábola que pone en escena a dos figuras de la élite de aquel entonces y a un tercer personaje, considerado extranjero, pagano e impuro: el samaritano. En el camino de Jerusalén a Jericó el sacerdote y el levita se encuentran con un hombre moribundo, que los ladrones han asaltado, robado, apaleado y abandonado. La Ley del Señor en situaciones símiles preveía la obligación de socorrerlo, pero ambos pasan de largo sin detenerse. Tenían prisa. Pero el samaritano, aquel despreciado, aquel sobre quien nadie habría apostado nada, y que de todos modos también él tenía sus deberes y sus cosas por hacer, cuando vio al hombre herido, no pasó de largo como los otros dos, que estaban relacionados con el Templo, sino «lo vio y se conmovió» (v.33). El samaritano se comporta con verdadera misericordia: venda las heridas de aquel hombre, lo lleva a un albergue, lo cuida personalmente, provee a su asistencia. Todo esto nos enseña que la compasión, el amor, no es un sentimiento vago, sino significa cuidar al otro hasta pagar personalmente. Significa comprometerse cumpliendo todos los pasos necesarios para ?acercarse? al otro hasta identificarse con él: «amaras a tu prójimo como a ti mismo». Este es el mandamiento del Señor(3). Las heridas que provoca el sistema económico que tiene al centro al dios dinero y que en ocasiones actúa con la brutalidad de los ladrones de la parábola, han sido criminalmente desatendidas. En la sociedad globalizada, existe un estilo elegante de mirar para otro lado que se practica recurrentemente: bajo el ropaje de lo políticamente correcto o las modas ideológicas, se mira al que sufre sin tocarlo, se lo televisa en directo, incluso se adopta un discurso en apariencia tolerante y repleto de eufemismos, pero no se hace nada sistemático para sanar las heridas sociales ni enfrentar las estructuras que dejan a tantos hermanos tirados en el camino. Esta actitud hipócrita, tan distinta a la del samaritano, manifiesta la ausencia de una verdadera conversión y un verdadero compromiso con la humanidad. Se trata de una estafa moral que, tarde o temprano, queda al descubierto, como un espejismo que se disipa. Los heridos están ahí, son una realidad. El desempleo es real, la violencia es real, la corrupción es real, la crisis de identidad es real, el vaciamiento de las democracias es real. La gangrena de un sistema no se puede maquillar eternamente porque tarde o temprano el hedor se siente y, cuando ya no puede negarse, surge del mismo poder que ha generado este estado de cosas la manipulación del miedo, la inseguridad, la bronca, incluso la justa indignación de la gente, transfiriendo la responsabilidad de todos los males a un ?no prójimo?. No estoy hablando de personas en particular, estoy hablando de un proceso social que se desarrolla en muchas partes del mundo y entraña un grave peligro para la humanidad. Jesús nos enseña otro camino. No clasificar a los demás para ver quién es el prójimo y quién no lo es. Tú puedes hacerte prójimo de quien se encuentra en la necesidad, y lo serás si en tu corazón tienes compasión, es decir, si tienes esa capacidad de sufrir con el otro. Tienes que hacerte samaritano. Y luego, también, ser como el hotelero al que el samaritano confía, al final de la parábola, a la persona que sufre. ¿Quién es este hotelero? Es la Iglesia, la comunidad cristiana, las personas solidarias, las organizaciones sociales, somos nosotros, son ustedes, a quienes el Señor Jesús, cada día, confía a quienes tienen aflicciones, en el cuerpo y en el espíritu, para que podamos seguir derramando sobre ellos, sin medida, toda su misericordia y la salvación. En eso radica la auténtica humanidad que resiste la deshumanización que se nos ofrece bajo la forma de indiferencia, hipocresía o intolerancia. Sé que ustedes han asumido el compromiso de luchar por la justicia social, defender la hermana madre tierra y acompañar a los migrantes. Quiero reafirmarlos en su opción y compartir dos reflexiones al respecto. La crisis ecológica es real. ?Hay un consenso científico muy consistente que indica que nos encontramos ante un preocupante calentamiento del sistema climático?(4). La ciencia no es la única forma de conocimiento, es cierto. La ciencia no es necesariamente ?neutral?, también es cierto, muchas veces oculta posiciones ideológicas o intereses económicos. Pero también sabemos qué pasa cuando negamos la ciencia y desoímos la voz de la naturaleza. Me hago cargo de lo que nos toca a los católicos. No caigamos en el negacionismo. El tiempo se agota. Actuemos. Les pido, nuevamente, a ustedes, a los pueblos originarios, a los pastores, a los gobernantes, que defendamos la Creación. La otra es una reflexión que ya la hice en nuestro último encuentro pero me parece importante repetir: ningún pueblo es criminal y ninguna religión es terrorista. No existe el terrorismo cristiano, no existe el terrorismo judío y no existe el terrorismo islámico. No existe. Ningún pueblo es criminal o narcotraficante o violento. ?Se acusa de la violencia a los pobres y a los pueblos pobres pero, sin igualdad de oportunidades, las diversas formas de agresión y de guerra encontrarán un caldo de cultivo que tarde o temprano provocará su explosión? (5). Hay personas fundamentalistas y violentas en todos los Pueblos y religiones que, además, se fortalecen con las generalizaciones intolerantes, se alimentan del odio y la xenofobia. Enfrentando el terror con amor trabajamos por la paz. Les pido firmeza y mansedumbre para defender estos principios; les pido no intercambiarlos como mercancía barata y, como San Francisco de Asís, demos todo de nosotros para que: ?allí donde haya odio, que yo ponga el amor, allí donde haya ofensa, que yo ponga el perdón; allí donde haya discordia, que yo ponga la unión; allí donde haya error, que yo ponga la verdad?(6). Sepan que rezo por ustedes, que rezo con ustedes y quiero pedirle a nuestro Padre Dios que los acompañe y los bendiga, que los colme de su amor y los proteja. Les pido por favor que recen por mí y sigan adelante. Ciudad del Vaticano, 10 de febrero de 2017 Francisco Notas (1) Papa Francisco, Evangelii Gaudium, 52 (2) Papa Francisco, Audiencia General del Miércoles 27 de abril de 2016 (3) Ibid. (4) Papa Francisco, Laudato Si?, 23 (5) Papa Francisco, Evangelii Gaudium, 52 (6) Oración de San Francisco de Asís (Fragmento)

?Noel Díaz: Queridos amigos, hermanos y hermanas en Cristo Jesús, estamos aquí en Santa Marta y muy emocionados, no sé si pueda decir lo que pienso pero aquí estoy junto al Papa Francisco y nos ha concedido el venir a saludarlo, pero también compartir unas palabras para cada uno de ustedes, queridos amigos que sintonizan este canal católico El Sembrador Nueva Evangelización Radio y TV. Este es el micrófono suyo. Quisiera primeramente agradecerle en nombre de todos los latinoamericanos y los inmigrantes que es donde estamos nosotros. Primeramente decirle gracias y escuchar de usted. ?Francisco: Le agradezco la visita y usted se ha venido con ganas de tirarme la lengua o sea de hacerme hablar, así que dese gusto y pregunte. ?Bueno lo primero que quisiera es pedirle unas palabras para la gente que está en Estados Unidos y mucha gente ahorita, está con temor, sin meternos en situaciones de política, simplemente un mensaje para nuestro pueblo, para nuestra gente, y no solamente latinoamericanos, porque hay de diferentes países en una situación similar. ?No se olviden que tenemos una madre. Cuando Juanito el hoy San Juan Diego le escapaba un poco a la Virgen, a la Madre, porque esta Señora me pone en complicaciones, ella le dijo: ?Niño Juanito, no tengas miedo, ¿acaso no estoy yo aquí que soy tu Madre??. Nosotros somos un pueblo que también tiene una madre, y Jesús nos la dejó, su Madre y nuestra Madre, y un pueblo con madre tiene que sentirse seguro. Los monjes rusos de la época medieval o antes, tienen un consejo muy lindo. Antes decían ?cuando hay turbulencias espirituales, acogerse bajo el manto de la Santa Madre de Dios?; y eso es lo que puedo y quiero decirles, ella se lo dijo a Juanito en su lengua, ?no tengas miedo. ¿Acaso no estoy yo aquí que soy tu Madre??. Y ese es como el saludo que les quiero dar. ?Su Santidad, usted me dijo en dos ocasiones, la primera cuando le lustré los zapatos en el avión y la segunda cuando me escribió y me dijo: ?le recuerdo que le diga a los laicos que salgan de las cuevas?. ¿Cuál es esa misión que me da y que nos da a los laicos? ?A veces creo que el mejor negocio que podemos hacer con muchos cristianos, es venderles naftalina para que se la pongan en la ropa y en su vida y no se apolillen, porque están encerrados y se van a apolillar. Tienen que salir, tienen que salir, tienen que ir a llevar el mensaje de Jesús; el mensaje de Jesús no es para conservarlo para mí. El mensaje de Jesús es para darlo; así como yo lo recibo de Él a través de un hermano o de una hermana me viene esa gracia, yo la doy; eso es lo que tienen que hacer todos los cristianos. Yo no me puedo guardar en conserva el mensaje de Jesús. No es para guardarlo, es para darlo entonces, cada uno ve que ese mensaje pasa por mis manos lo voy entregando y de esa manera salgo de la cueva. ?Ese llamado: ¿Definitivamente lo tenemos que hacer ya? ?Por supuesto. O sea las parroquias a la calle, cualquier institución a la calle, a la calle en el sentido de salir a buscar puertas abiertas. Mi corazón a la calle, es decir, mi corazón cristiano abierto a un mensaje al que sufre, al que está pasando un mal momento, al enfermo, es decir, las obras de misericordia que son como la columna vertebral del Evangelio. Si nosotros leemos las preguntas que nos va a hacer Jesús cuando nos juzgue, son las obras de misericordia, Mateo 25, tuve hambre me diste de comer. ?Está todo dentro de eso. Usted cree que las parroquias en todo ese tiempo que usted nos dice que quiere una Iglesia de salida, no debemos ser evangelizadores con cara de vinagre y todas esas lindas formas que nos exhorta. Algunos hermanos separados son visibles en las calles, yo he deseado que tengamos una presencia más visible en las calles. ¿Qué nos falta Su Santidad? ?Coraje, coraje. Como que estamos cómodos y la comodidad nos traiciona. Coraje para salir, eso que tenía San Pablo, ese fervor apostólico, fervor apostólico y llevar, llevar lo que hemos recibido. Lo hemos recibido gratuitamente, darlo gratuitamente, pero el coraje. ?Usted utilizó una frase cuando estuvo en México, que tuve la dicha de acompañarlo. Usted dijo una frase que yo iba con algunos sacerdotes argentinos que se rieron y yo no lo entendí, les dijo no vengo a ?sobarles el lomo?. ?Sobar el lomo es decir ?qué bueno que sos?, adular, no. Vengo a pincharlos a que salgan, un cristiano sin coraje no es cristiano. ¿Cuál es el último mandato de Jesús a sus apóstoles? Vayan a la esquina, no. Vayan al otro pueblito de al lado, ¡No! Vayan a la otra ciudad más grande, no. Vayan a todo el mundo, les metió ese horizonte. Ese es el coraje: al final Mateo 28 ¿no? Vayan a todo el mundo enseñando las cosas que yo les enseñé y bautizando en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo ¡y sepan que yo estaré con ustedes hasta el fin del mundo! Y ese es el sostén del coraje, primero viene de la madre y ahora de Jesús. Jesús es el que nos mantiene en el coraje apostólico que nos mantiene a llevar el mensaje, y eso lo hago, estoy en casa y está fulano enfermo, lo voy a ver y dejo caer una gotita de palabra a aquel tiene esta dificultad... una gotita de palabra. No sé, cada uno vea la manera como puede llevar adelante eso. ?Usted también nos habla a todos los que estamos sirviendo, acerca de no adueñarnos de cosas o de posiciones y no dejar a veces, que los que vienen queriendo buscar a Dios se topan con situaciones que en vez de traer no hacemos ese trabajo como debería de ser. Yo sé que lo debe de haber repetido muchas veces. El tener este diálogo con usted no es para un canal secular, es para nosotros, es para la familia, por eso le pregunto con esa confianza. Usted lo ha repetido pero sigue habiendo esta situación en estos, cuando se habla de que se van a levantar muros, también nosotros dentro de la Iglesia, tenemos muros. ¿Cómo hacer para derribar esos muros? ?Una imagen que yo suelo usar mucho es que las iglesias tienen que tener las puertas abiertas. Una iglesia con puertas cerradas no sirve. En el apocalipsis hay una cosa muy bella y está en el capítulo 1 o 2, cuando Jesús habla a las 7 iglesias y a una de las siete iglesias les dice: ?Yo estoy a la puerta y llamo, si alguien me abre yo voy a entrar, voy a cenar con él?. O sea Jesús que golpea la puerta de nuestro corazón para que le abramos, pero a mí se me ocurre pensar ¡de puro malo que soy! Se me ocurre pensar que muchas veces Jesús está golpeando la puerta pero desde adentro para que lo dejemos salir a evangelizar. A veces los cristianos lo tenemos encerrado. Una iglesia que tiene las puertas cerradas es una iglesia que tiene a Jesús golpeando las puertas desde adentro porque quiere salir. ?¿Cuál es ese mensaje concretamente para nosotros los laicos dentro de un deseo genuino de llevar a Cristo, con la frescura, con la alegría, como usted lo ha dicho? No venir con una actitud, que no atrae a nadie. Usted lo ha dicho, mucha gente no es atraída cuando se le está golpeando cuando se le está amenazando. Todo ese tipo de cosas que a veces se dan nosotros los laicos cómo debemos de ser efectivos. Ya lo habló una palabra coraje, tenemos que tener coraje, pero ¿Qué más ingredientes nos faltan a los laicos para estar convencidos de nuestra fe? ?Esta es una idea mía, pero estoy casi seguro que así es, falta oración. Porque sin oración no hay coraje, falta intercesión, tenemos que orar más y salir, pero con oración siempre, porque salgo con el Señor. ¿No es cierto? La oración es lo que me une al Señor, educar en la oración, en la lectura meditada de la palabra de Dios y orante. Creo que técnicamente la llaman la lectio divina. Ese es un ejercicio tan lindo, y todos tenemos un cuarto de hora por día para hacerlo, tomar la biblia, un pedazo y rumiar un poquito y orar, entonces la oración y orar. ?¿Qué desearía ver en los hogares, si la Iglesia de salida va a los hogares? Porque menos del 10 por ciento van a la iglesia, pero el 90 está afuera tenemos que ir por ellos, porque a veces no la pasamos solamente con el mismo grupo, tenemos que salir, pero si saliéramos a las casas y nos abrieran la puerta y nos dijeran ?necesitamos oración, mi familia está dividida tiene problemas?. Muchos grupos han hecho presencia, pero, ¿No le gustaría ver brigadas de misericordia, grupos que hagan la lectio divina en la casa, que hagan oración el rosario, o que se consagre la familia, la iglesia doméstica a Jesús, a la Virgen María? ¿Qué le gustaría ver? ?Todo eso que usted ha dicho. Es tanta la variedad de cosas. Que las bienaventuranzas vayan creciendo en esa casa, son un programa evangélico. Las Bienaventuranzas. ?Santidad, le han hecho muchos medios la pregunta, ¿qué legado quiere dejar? Un sacerdote muy místico, me dice: ?siento que el Papa tiene muchas cosas, que el Papa quiere dejar y decir en determinado momento. Usted como Pontífice de la Iglesia ¿Hay cosas que quiere decir? Dice Jesús, dejó siete palabras, que serían esas cosas como claves. ?Iglesia en salida es una. Puertas abiertas, salir, cristianos en la calle, cristianos convencidos. Iglesia orante, no puedo llegar a Jesús si no hablo con Él si no lo conozco. Iglesia orante intercesora, quiero tocar un puntito que es clave, cristianos que sepan adorar al Señor, adorar a Dios. El acto de adoración en silencio, un acto de adoración, uno sale con la fuerza de saber que hay alguien allá arriba, que es el Señor es Dios, es la fuerza más grande, adorar a Dios: yo te adoro Señor, porque nuestra oración a veces es muy mezquina, voy para pedir, ?Señor dame esto tengo este problema?. Está bien. Él nos quiere nos da una mano y arregla cosas. Usted lo sabe por experiencia, pero, también algunos van a agradecer, pero ya es menos los que van a agradecer, pero adorar, que poquitos saben adorar, adorar a Dios que es el Señor en este mundo donde está lleno de señores, caciques diría yo, caciques de señores mundanos. No sé, que se creen los dueños del planeta, y este, no sé. No me refiero a los que gobiernan los pueblos, no, también millonarios. El único señorío es del Señor, esos señoríos son el espíritu del mundo y esto es otra cosa, esto es lo que me gustaría dejar, dejar en cada hogar cristiano, en cada familia cristiana, en cada pueblo cristiano: la conciencia de que el espíritu del mundo no es de Dios, es la antítesis de Dios. Por eso el Señor Jesús, cuando en la Última Cena ruega al Padre, ruega, no para que los saques del mundo, sino para que los defiendas. Nosotros tenemos que estar en el mundo, no somos monjes de clausura, tenemos que estar bien metidos en el mundo. Los monjes de clausura están en el mundo de otra manera pero están, pero tener cuidado que la mundanidad no nos corrompa. La mundanidad empieza por el dinero, el diablo entra por el bolsillo, en el dinero. Jesús al dinero le dio estatus de señor, cuando dice nadie puede servir a dos señores, a dos patrones. O sirve a Dios o sirve al dinero, no dice al diablo, al dinero, o sea es señor, señor del mundo. Servir a Dios significa no estar dependiendo del dinero. Al centro de mi vida está el Señor, no el dinero. Ese pasaje del Evangelio a mí siempre me impresionó, Jesús dice el señor dinero, es un señor pero cuando manda destruye, cuando se usa para utilizar a las personas. Además te da seguridad, una seguridad que no es la de Dios, simplemente que uno necesita su sueldo de todos los meses todo, pero vivirlo con cierta sobriedad, austeridad. Recuerdo una vez hace muchos años, conocí a una persona, la había visto una sola vez. Sabía quién era, muy importante, un empresario muy importante, yo era muy amigo de un pariente de él. Un día me contó que está muy mal, tiene un cáncer y es terminal, es un hombre, él dice que es cristiano, dice que es católico, sería bueno que se acercara un sacerdote para darle los sacramentos y se prepare a bien morir. Creo que sí, que recibió al sacerdote, pero era tal su arraigo al dinero que ese hombre tres días antes de morir, internado, compró una villa. No sé si por Suiza, por Austria o dónde, lujosísima, para él, para los tres días que le quedaban. Además, la casa que tenía y todas las casas de veraneo, todo eso, o sea no pudo liberarse, en los umbrales de la eternidad, no pudo liberarse del dinero. No digo que se haya condenado o no, porque recibe el sacramento y Dios sabe perdonar... pero el dinero, cuando te agarra? pero ese es el primer paso adonde te lleva el dinero, a la vanidad. Segundo paso: y la vanidad te llena la cabeza de humo, entonces uno en vez de mirar a la gente a los ojos, la mira así, la mira de costado. Soy superior, la vanidad, le gusta aparentar al vanidoso, como el pavo real, el pavo real uno lo mira y qué cosa hermosa, pero ¿Cuál es la verdad del pavo real? Da la vuelta y miras lo de atrás. Es la verdad, hablo de cosas reales. El segundo paso es la vanidad y ¿Cuál es el tercer paso? El orgullo, la soberbia y de ahí todos los pecados. El primer paso: el dinero, el diablo se mete por el bolsillo. Segundo paso, la vanidad, porque tengo el dinero soy vanidoso, en vez de usarlo para bien lo uso para mí mismo, para maquillarse el alma, maquillarme la vida, maquillarme todo, maquillarme la importancia social... lo que sea. El tercer paso es el orgullo, la soberbia, que es la virtud del demonio. ?Esta es una gran catequesis para todos nosotros, yo le dije: ?yo no vine a sobarle el lomo?, como usted dijo de usar esa palabra (risas). Ahora también, no vengo a sobarle el lomo, pero a subirle el rating del reino de Dios. ¿Qué le parece? ?Me parece bien. Que el Señor ayude en todo esto. Que el Señor ayude. Vea cómo el demonio le sobó el lomo a Jesús, después de ayunar en el desierto, sintió hambre, y se le acercó: ?si vos sos el hijo de Dios?. Sospechaba el demonio, muy inteligente... ?hacé un milagro... hacé que estas piedras sean pan y tenés el poder... una riqueza... el pan a mano?. Jesús le contesta (después vuelvo sobre las respuestas). Segundo paso: ?¿Qué vas a hacer ahora, te vas a pasar predicando y todo? Junta la gente, subite al techo del templo, tírate abajo, no te va a pasar nada porque los Ángeles te van a sostener, y con ese espectáculo ya todo el mundo va a creer en ti?. Vanidad. Jesús le contesta, cuando vio que no, no enganchaba. Lo lleva a lo alto y le hace ver todos los reinos de la tierra y ahí se saca la careta y le dice ?te los regalo todos si me adoras?. El último precio que pone. ¿Cómo contestó Jesús al diablo? ¡No le contestó con una palabra suya!, ¡Porque con el diablo no se dialoga! No se puede dialogar, porque nos gana siempre; Le contesta con la palabra de Dios: ?No solo de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. No tentarás al Señor tu Dios, Adorarás al Señor tu Dios y a Él solo servirás?. ¿Por qué? Porque una palabra suya puede ser peligrosa frente a la astucia del demonio, ¡Cuando el demonio tienta la palabra de Dios! ?Le voy a no más mencionar un nombre y usted dice unas palabras para ellos, una respuesta para ellos o sea una respuesta así cortita: Jóvenes ?Bueno a los jóvenes, lo que yo les pido es que no se jubilen a los 20 años. Es muy triste ver un joven que se jubile. El joven tiene que mirar adelante y luchar y pelear y usted puede hablar contando su vida a los jóvenes, miró siempre adelante y tantos así. Por favor chicos, no se jubilen, el futuro depende de ustedes, de los jóvenes ¿eh? Tengan coraje, se van a equivocar mil veces pero van a hacer cosas. Hay una manera de no equivocarse: quedarse encerrados en la casa, se quedan encerrados se jubilan y se apolillan. Un joven con el alma apolillada, que feo muy feo. Salgan, tengan ilusiones, apuesten a la vida, pero también hablen con los abuelos. El profeta Joel en el capítulo cuarto dice una cosa muy hermosa: hablando de la gracia de Dios, en el pueblo de Dios: entonces los ancianos tendrán sueños, y los jóvenes van a profetizar a los del medio los deja al costado. La memoria de los pueblos son los ancianos, anímense hablen con los abuelos y de ahí saquen fuerzas de esa memoria. Para ir adelante, profeticen, no profeticen solos, sino a partir de la memoria de los viejos. Vayan adelante, un pie apoyado en la memoria y el otro adelante. La esperanza, el coraje, nada de jubilación, nada de apolillamiento, nada de irse solitos. No, enganchados a la memoria del abuelo y profetizando al futuro. Anímense, les va a ir muy bien. ?¿Qué les dice a las madres solteras?, que la mayoría son madres solteras pero también hay padres solteros. ?Cuiden a sus hijos, Dios sabe, Dios es el gran padre, y sabe la historia de cada una, cada uno, cómo llegó a esa situación. En sus manos tienen una promesa, tienen un futuro. Cuídenlos, dedíquense a sus hijos y mucha ternura por favor. Una de las enfermedades que tiene el mundo de hoy es la ?cardioesclerosis?, corazones escleróticos duros, no saben expresar el amor y el cariño. Ternura, necesitamos ternura, necesitamos la revolución de la ternura, usted tiene ese niño, vino como vino, pero con mucha ternura llevarlo adelante y ustedes mismos de esta manera contagien ternura. ?Los ancianos, los abuelos muchos de ellos olvidados, solo eso. ?De las cosas más tristes porque ellos son los que nos dieron la vida, los que tienen la memoria de los pueblos, y en este mundo, en esta cultura que es la cultura del descarte, ya cuando el abuelo no sirve se descarta. Mi abuela me contaba, de chicos nos contaba muchas historias, recuerdo una: un señor de familia bien trabajador de una linda familia, estaba casado, varios hijos y su papá, viudo, vivía con ellos, pero el papá se fue poniendo viejo y en la mesa cuando comía se le caía un poco la comida, se babosea. Entonces él dijo no, a papá no lo podemos tener con nosotros porque no podemos invitar gente, entonces le compró una mesa chiquita y lo mandó a comer en la cocina, entonces la familia comía en el comedor y el viejito en la cocina, porque se baboseaba y quedaba mal. ¡Claro en el fondo estaba negando a su padre! ¿No? Y bueno a la semana llega del trabajo y encuentra a su hijo el más pequeño que tenía 4 años, y estaba con un martillo, unos clavos ahí, unas maderas jugando. Entonces el papá le pregunta qué estás haciendo, estoy haciendo una mesa papá. ¿Una mesa para qué? Para cuando vos seas viejo, para que puedas comer en la cocina. El chico vio eso (el Papa apunta su dedo al corazón). Yo les digo, si ustedes, abandonan a los abuelos, sepan que la vida les puede pagar con la misma moneda. Los abuelos son la memoria, no descartarlos, la memoria de la familia, la memoria del pueblo, la memoria de la fe, no descartarlos, los abuelos son una riqueza muy grande. Conozco un lugar, un país que está pasando por una crisis de desocupación bastante fuerte, y claro los abuelos tienen la pensión, tienen la jubilación. El interés no es por amor, el amor al abuelo se despertó en ese lugar por el comentario de toda la gente, se acordaron de los abuelos por la pensión, la jubilación. A los abuelos yo les diría: ustedes tienen el privilegio de poder orar, sean intercesores de sus hijos, de sus nietos, de sus bisnietos, oren, oren, con su oración sostengan a la familia. ?Los párrocos que a veces se les hace la tarea pesada, son muchas cosas. Una palabra para los párrocos sacerdotes. ?A veces el párroco tiene que llevar tantas cosas además de los problemas de la parroquia, los problemas que se les confían y pueden caer en un gran cansancio. Yo les diría frenen un poco cuando están así. Cuando están así váyanse al sagrario, delante de la imagen de la Virgen, descansen un poquito, ?padre si hago eso me duermo?. Dormite 20 minutos delante del Señor que te va a hacer bien. ?Bueno, yo quisiera agradecerle, un mensaje para nosotros como apostolado El Sembrador que estamos sembrando y somos llamados a sembrar. Creo que la semilla ha caído en tierra buena, un mensaje para todos nuestros hermanos, servidores, miembros de este apostolado, que nuestra intención y nuestro deseo mayor es ir, salir y hacer eso que Jesús nos ha indicado y lo que usted nos viene diciendo. ?Bueno usted se me adelantó un poquito, pero en la respuesta. Pero el mensaje de Dios: tengan puntería, o sea que caiga en tierra buena, pero algunos van sembrando como quien va de paseo y no les interesa la semilla, no la palabra, la semilla sagrada, fíjate bien dónde cae, no las desperdicies. ?Quisiéramos ya en este momento solamente pedirle su bendición para todos los que van a ver esto, porque yo no vengo aquí solo, vengo representando a muchísima gente, que desearían estar cerca, como estoy yo, como estamos aquí nosotros, pero nuestra tarea es que usted a través de este medio llegue, toque, con lo que nos ha dicho, con su corazón abierto, lo que nos ha mencionado que desearía. Nosotros no lo tomamos solamente como un comentario, como una plática más, la queremos hacer nuestra y llevarla a cabo. Así como ha sido su deseo. Yo como hijo, usted como papá, yo siento el deseo de cumplir y llevar a cabo también sus buenos deseos. ?Adelante, coraje, oración y mucha ternura, mucha ternura. Les bendiga Dios Todopoderoso, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

El País: ¿Qué queda después de casi cuatro años en el Vaticano de aquel cura callejero que llegó de Buenos Aires a Roma con el pasaje de regreso en el bolsillo? Francisco: Que sigue siendo callejero. Porque en cuanto puedo, salgo a la calle a saludar a la gente en las audiencias, o viajo. Mi personalidad no cambió. No digo que me lo propuse: me salió espontáneo. No, acá no hay que cambiar. Cambiar es artificial. Cambiar a los 76 años es maquillarse. Por ahí no puedo hacer todo lo que quiero, pero el alma callejera está y ustedes lo ven. Una Iglesia anestesiada En los últimos días de pontificado, Benedicto XVI dijo sobre su último periodo al frente de la Iglesia: ?Las aguas bajaban agitadas y Dios parecía dormido?. ¿Ha sentido usted también esta soledad? ¿La jerarquía de la Iglesia estaba dormida con respecto a los problemas nuevos y viejos de la gente? Yo, dentro de la jerarquía de la Iglesia, o de los agentes pastorales de la Iglesia (obispos, curas, monjas, laicos) le tengo más miedo a los anestesiados que a los dormidos. A aquellos que se anestesian con la mundanidad. Entonces claudican ante la mundanidad. Y eso me preocupa. Que si está todo quieto, está tranquilo, si las cosas están bien, demasiado orden. Cuando uno lee los Hechos de los Apóstoles, las epístolas de San Pablo, ahí había lío, había problemas, la gente se movía. Había movimiento y había contacto con la gente. El anestesiado no tiene contacto con la gente. Está defendido de la realidad. Está anestesiado. Y hoy hay tantas maneras de anestesiarse de la vida cotidiana. Y quizás la enfermedad más peligrosa que puede tener un pastor proviene de la anestesia, y es el clericalismo. Yo acá y la gente allá. ¡Vos sos pastor de esa gente! Si vos no cuidás de esa gente, y dejás de cuidar de esa gente, cerrá la puerta y jubílate. ¿Y hay una parte de la Iglesia anestesiada? Todos estamos en peligro. Es un peligro, es una tentación seria. Es más fácil estar anestesiado. Se vive mejor, se vive más cómodo Por eso, más que los dormidos, hay esta anestesia que da el espíritu de la mundanidad. De la mundanidad espiritual. En esto, a mí me llama la atención que Jesús en la última cena, cuando hace esa larga oración al padre por los discípulos no les pide ?mirá, cuidalos del quinto mandamiento, que no maten, del séptimo mandamiento, que no roben?. No. Cuidalos de la mundanidad; cuidalos del mundo. Lo que anestesia es el espíritu del mundo. Y entonces el pastor se convierte en un funcionario. Y eso es el clericalismo, que a mi juicio es el peor mal que puede tener hoy la Iglesia. Aquellos problemas que tuvo Benedicto XVI al final de su pontificado y que estaban en aquella caja blanca que le entregó en Castelgandolfo. ¿Qué había allí dentro? La normalidad de la vida de la Iglesia: santos y pecadores, decentes y corruptos. ¡Estaba todo ahí! Había gente que había sido interrogada y está limpia, trabajadores. Porque aquí en la Curia hay santos. Hay santos. Eso me gusta decirlo. Porque se habla con facilidad de la corrupción de la Curia. Hay gente corrupta en la Curia. Pero muchos santos. Hombres que pasaron toda su vida sirviendo a la gente de manera anónima, detrás de un escritorio, o en un diálogo, o en un estudio... O sea, ahí adentro hay santos y pecadores. A mí ese día lo que más me impresionó es la memoria del santo Benedicto. Que me dijo: ?Mirá, acá están las actas, en la caja. Acá está la sentencia, de todos los personajes?. Y acá ?fulano, tanto?. ¡Todo en la cabeza! Una memoria extraordinaria. Y la conserva, la conserva. ¿Se encuentra bien de salud [Benedicto XVI]? De acá para arriba, perfecto. El problema son las piernas. Camina con ayuda. Tiene una memoria de elefante, hasta en los matices. Por ahí yo digo una cosa, y me responde: ?No es ese año, fue en tal año?. La Iglesia y la situación mundial ¿Cuáles son sus mayores preocupaciones con respecto a la Iglesia y en general con la situación mundial? Con respecto a la Iglesia, yo diría que la Iglesia no deje de ser cercana. O sea, que procure ser continuamente cercana a la gente. La cercanía. Una Iglesia que no es cercana no es Iglesia. Es una buena ONG. O una buena organización piadosa de gente buena que hace beneficencia, se reúne para tomar el té y hacer beneficencia? Pero lo que a la Iglesia la identifica es la cercanía: ser hermanos cercanos. Porque Iglesia somos todos. Entonces, el problema que siempre hay que evitar en la Iglesia es que no haya cercanía. Ser cercanos todos. Cercanía es tocar, tocar en el prójimo la carne de Cristo. Es curioso, cuando Cristo nos dice el protocolo con el cual vamos a ser juzgados, que es el capítulo 25 de Mateo, es siempre tocar al prójimo: ?Tuve hambre, estuve preso, estuve enfermo??. Siempre la cercanía a la necesidad del prójimo. Que no es solo la beneficencia. Es mucho más. Después, en el mundo, es la guerra. Estamos en la Tercera Guerra Mundial en pedacitos. Y últimamente ya se está hablando de posible guerra nuclear como si fuera un juego de baraja: se juega a las cartas. Y eso es lo que más me preocupa. Me preocupa del mundo la desproporción económica: que un pequeño grupo de la humanidad tenga más del 80% de la fortuna, con lo que esto significa en la economía líquida, donde al centro del sistema económico está el dios dinero y no el hombre y la mujer, ¡el humano! Entonces se crea esa cultura del descarte. Donald Trump Respecto a los problemas del mundo que mencionaba, precisamente a esta hora está tomando posesión como presidente de los Estados Unidos Donald Trump. Y el mundo está bastante en tensión por ese hecho. ¿A usted qué consideración le merece? Ver qué pasa. Pero asustarme o alegrarme por lo que pueda suceder, en eso creo que podemos caer en una gran imprudencia. En ser profetas o de calamidades o de bienestares que no se van a dar, ni una ni otra. Se verá. Veremos lo que hace y ahí se evalúa. Siempre lo concreto. El cristianismo, o es concreto o no es cristianismo. Es curioso: la primera herejía de la Iglesia fue apenas muerto Cristo. La herejía de los gnósticos, que el apóstol Juan la condena. Y era la religiosidad de spray, de lo no concreto. Sí, yo, sí, la espiritualidad, la ley, pero todo spray. No, no. Cosas concretas. Y de lo concreto sacamos las consecuencias. Nosotros perdemos mucho el sentido de lo concreto. A mí me decía el otro día un pensador que este mundo está tan desordenado que le falta un punto fijo. Y es precisamente lo concreto lo que te da los puntos fijos. Qué hiciste, qué decidiste, cómo te movés. Por eso yo frente a eso espero y veo. ¿No le preocupa lo que ha escuchado hasta ahora? Espero. Dios me esperó a mí tanto tiempo, con todos mis pecados. Hacer lo que manda el Evangelio Para los sectores más tradicionales de la Iglesia, cualquier cambio, aunque solo sea en el lenguaje, es una traición. Para el otro extremo, incluso los que nunca comulgarán con la fe católica, nada será suficiente. Según dijo usted, todo estaba ya escrito en la esencia del Cristianismo. ¿Se trata entonces de una revolución de la normalidad? Yo procuro, no sé si lo logro, hacer lo que manda el Evangelio. Eso es lo que procuro. Soy pecador y no siempre lo logro, pero eso es lo que procuro. Es curioso: la historia de la Iglesia no la llevaron adelante los teólogos, ni los curas, las monjas, los obispos? sí, en parte sí, pero los verdaderos protagonistas de la historia de la Iglesia son los santos. O sea, aquellos hombres y mujeres que se quemaron la vida para que el Evangelio fuera concreto. Y esos son los que nos han salvado: los santos. A veces pensamos en los santos como una monjita que mira para arriba y le dan vuelta los ojos. ¡Los santos son los concretos del Evangelio en la vida diaria! Y la teología que uno saca de la vida de un santo es muy grande. Evidentemente que los teólogos, los pastores, son necesarios. Y es parte de la Iglesia. Pero ir a eso: el Evangelio. ¿Y quiénes son los mejores portadores del Evangelio? Los santos. Usted utilizó la palabra ?revolución?. ¡Eso es revolución! Yo no soy santo. No estoy haciendo ninguna revolución. Estoy tratando de que el Evangelio vaya adelante. Pero imperfectamente, porque pego patinazos a veces. ¿No cree que entre muchos católicos puede existir algo así como el síndrome del hermano del hijo pródigo, que piensan que presta más atención a los que se fueron que a los que permanecieron dentro observando los mandamientos de la Iglesia? En uno de los viajes que un periodista alemán le preguntó por qué no hablaba nunca de la clase media, de aquellos que pagan impuestos. Hay ahí dos preguntas. El síndrome del hijo mayor: es verdad que los que están cómodos en una estructura de Iglesia que no les compromete mucho, o que tienen posturas que los defienden del contacto, se van a sentir incómodos con cualquier cambio, con cualquier propuesta del Evangelio. A mí me gusta pensar mucho en el dueño del hotel al que el samaritano llevó a ese hombre al que los ladrones lo habían molido a palos después de robarlo en el camino. El dueño del hotel sabía la historia, se la contó el samaritano: había pasado un cura, miró, llegaba tarde a la misa y lo dejó tirado en el camino, no quería mancharse con la sangre porque eso le impedía celebrar según la ley. Pasó el abogado, el levita, vio y dijo: ?Uy, yo no me meto acá, el tiempo que voy a perder, mañana en los tribunales haré de testigo y? No, no, mejor no te metas?. Parecía nacido en Buenos Aires, y dio la vuelta así, que es el lema de los porteños: ?No te metas?. Y pasa este, que no es judío, que es un pagano, que es un pecador, considerado como de lo peorcito: se conmueve y lo levanta. El estupor que tuvo ese hotelero es enorme, porque vio algo inusual. Pero la novedad del Evangelio crea estupor porque es esencialmente escandalosa. San Pablo nos habla del escándalo de la cruz, del escándalo del Hijo de Dios hecho hombre. El escándalo bueno, porque también Jesús condena el escándalo contra los niños. Pero la esencia evangélica es escandalosa para los parámetros de la época. Para cualquier parámetro mundano, la esencia es escandalosa. Así que el síndrome del hijo mayor es un poco el síndrome del que ya está acomodado en la Iglesia, del que de alguna manera tiene todo claro, todo fijo lo que hay que hacer y que no me vengan a predicar una cosa extraña. Así se explican nuestros mártires: dieron su vida por predicar algo que molestaba. Esa es la primera pregunta. La segunda: yo no le quise contestar ahí a un periodista alemán, sino que le dije: lo voy a pensar, tiene algo de razón usted. Yo continuamente estoy hablando de la clase media sin mencionarla. Uso una palabra de Joseph Malègue, un novelista francés: él habla de ?la clase media de la santidad?. Yo estoy hablando continuamente de los padres de familia, de los abuelos, los enfermeros, las enfermeras, la gente que vive para los demás, que cría a los hijos, que trabaja. ¡La santidad de esa gente es enorme! Y es también la que lleva adelante la Iglesia: la gente que vive de su trabajo con dignidad, que cría a sus hijos, que entierra a sus muertos, que cuida a los abuelos, que no los encierra en un geriátrico, esa es nuestra santa clase media. Desde el punto de vista económico, hoy día la clase media tiende a desaparecer, obviamente, cada vez más, y se puede correr el riesgo de refugiarse en las cuevas ideológicas. Pero esta ?clase media de la santidad?: el papá, la mamá que celebran su familia, con sus pecados y sus virtudes, el abuelo y la abuela. La familia. En el centro. Esa es la ?clase media de la santidad?. Malègue tuvo una gran intuición ahí, y llega a decir una frase que puede impresionar. En una de sus novelas, en la novela Augustine, cuando en un diálogo un ateo no creyente le dice: ?Pero, ¿usted cree que Cristo es Dios?? Y le plantea el problema: ¿Cree que el Nazareno es Dios? ?Para mí no es un problema ?le contesta el protagonista de la novela?, el problema para mí hubiera sido que Dios no se hubiera hecho Cristo?. Esa es ?la clase media de la santidad". Hablaba usted de las cuevas ideológicas. ¿A qué se refiere? ¿Qué es lo que le preocupa sobre ese aspecto? No es que me preocupe. Señalo una realidad. Uno siempre está más cómodo en el sistema ideológico que se armó, porque es abstracto. ¿Eso se ha exacerbado, se ha potenciado en los últimos años? Siempre lo hubo, siempre. No diría que se exacerbó, porque hay mucha desilusión con eso también. Creo que había más en el tiempo previo a la Segunda Guerra Mundial. Digo. No lo pensé mucho. Estoy recogiendo un poco. Siempre en el restorán de la vida te ofrecen platos de ideología. Siempre. Uno puede refugiarse en eso. Son refugios, que te impiden tocar la realidad. Los migrantes Santo Padre, durante estos años en los viajes lo hemos visto emocionarse y emocionar a muchos de los que escuchaban sus palabras. Por ejemplo, en tres ocasiones muy especiales: en Lampedusa, cuando se preguntó si habíamos llorado con las mujeres que pierden a sus hijos; en Cerdeña, cuando habló del mundo del trabajo y del sistema financiero mundial; en Filipinas, con el drama de los niños explotados. Dos preguntas: ¿qué puede hacer la Iglesia, qué se está haciendo, y cómo están actuando los gobiernos ante esto? El símbolo que propuse en la nueva oficina de Migraciones ?en el nuevo esquema, el departamento de Migraciones y Refugiados, lo asumí yo directamente con dos subsecretarios? es un salvavidas anaranjado, como los que todos conocemos. En una audiencia general vino un grupo de los que trabajan en el salvamento de los refugiados en el Mediterráneo. Yo iba saludando, y este hombre agarró eso que tenía en la mano y se me puso a llorar, y se me puso en el hombro y lloraba y lloraba: ?No pude, no llegué, no pude?. Y cuando se calmó un poco me dijo: ?No tenía más de cuatro años la nena. Y se me fue abajo. Se lo doy a usted?. Y esto es un símbolo de la tragedia que hoy estamos viviendo. Sí. ¿Están los gobiernos respondiendo a la altura? Cada cual hace lo que puede o lo que quiere. Es un juicio muy difícil de dar. Pero obviamente, que el Mediterráneo se haya convertido en un cementerio nos tiene que hacer pensar. ¿Siente que su mensaje, su viaje hacia las periferias, hacia los que sufren y están perdidos, es acogido, acompañado por una maquinaria tal vez acostumbrada a caminar otro ritmo? ¿Siente usted que va a un ritmo y la Iglesia a otro? ¿Se siente acompañado? Yo creo que no es así, y gracias a Dios la respuesta en general es buena. Es muy buena. Por ejemplo, cuando yo pedí a las parroquias de Roma y a los colegios, hubo quien dijo: ?eso fue un fracaso?? ¡Mentira! ¡No fue nada de fracaso! Un alto porcentaje de las parroquias de Roma, cuando no tenían una casa grande a disposición o la canónica era chica, qué sé yo, pues los fieles alquilan un departamento para una familia inmigrante. En los colegios de monjas, las veces que sobraba lugar, han hecho un espacio para familias migrantes. La respuesta es más de lo que se cree, no se publicita. El Vaticano tiene dos parroquias y cada parroquia tiene una familia inmigrante. Un departamento del Vaticano para una familia, otro para otra. Se respondió continuamente. El 100% no. Qué porcentaje, no lo sé. Pero yo diría que el 50%. Después viene el problema de la integración. Cada inmigrante es un problema muy serio. Ellos huyen de su país. Por hambre o por guerra. Entonces, la solución se tiene que buscar allá. Por hambre o por guerra, son explotados. Pienso en África: África es el símbolo de la explotación. Incluso al darle la independencia algún país les dio la independencia del suelo para arriba, pero se reservó el subsuelo. O sea que son siempre usados y esclavizados? Entonces, la política de acogida tiene varias etapas. Hay una acogida de emergencia: vos tenés que recibirlo, y tenés que recibirlo porque si no, se ahoga. En eso Italia y Grecia han dado un ejemplo, un ejemplo muy grande. Italia, incluso ahora, con los problemas que está teniendo con el terremoto y todas estas cosas se sigue preocupando de ellos. Los reciben. Claro, llegan a Italia porque es lo más cercano que tienen. Creo que a España llegan de Ceuta también. Pero generalmente no quieren quedarse en España, la mayoría quiere ir al norte, porque buscan más posibilidades. Pero en España hay un muro con Ceuta y Melilla, no pueden pasar. Sí, sí, lo sé. Y quieren ir al norte. Entonces, el problema es: recibirlos sí, más o menos un par de meses, acomodarlos. Pero hay que empezar un proceso de integración. Recibir e integrar. Y el modelo mundial que va a la cabeza es Suecia. Suecia tiene nueve millones de habitantes. 890.000 habitantes de esos nueve millones son nuevos suecos, hijos de migrantes o migrantes con ciudadanía sueca. La ministra de exteriores ?creo que era la que me fue a despedir?, una chica joven: era hija de madre sueca y padre de Gabón. Migrantes. Integrados. El problema es integrar. En cambio, cuando no hay integración se crean guetos, y no le echo la culpa a nadie, pero de hecho hay guetos. Que quizás en aquel momento no se dieron cuenta. Pero los chicos que hicieron el desastre en [el aeropuerto de] Zaventem eran belgas, nacieron en Bélgica. Pero vivían en un barrio cerrado de inmigrantes. O sea, es clave el segundo capítulo: la integración. Hasta el punto de que ¿cuál es el gran problema de Suecia ahora? ¡No es que no vengan los migrantes, no! ¡No estamos dando abasto en los programas de integración! ¡Se plantean qué más puedo hacer para que venga la gente! Es impresionante. Para mí es un modelo mundial. Y esto no es nuevo. Lo dije de entrada, después de Lampedusa. Yo conocía el problema de Suecia por los argentinos, uruguayos, chilenos, que en la época de la dictadura militar fueron acogidos allá, porque tengo amigos allá, y refugiados. Claro, después llegas a Suecia y te tratan ahí con organización médica y todo, papeles, y te dan un permiso para vivir. Y ya tenés una casa, y a la semana tenés la escuela para aprender el idioma, y un poquito de trabajo, y hacia delante. En eso San Egidio acá en Italia es un modelo. Los que vinieron conmigo en el avión de Lesbos, que después vinieron nueve más. Son 22 los que se hizo cargo el Vaticano, y nos estamos haciendo cargo de ellos, y lentamente se van independizando. Al segundo día los chicos iban al colegio. ¡Al segundo día! Y los padres lentamente ubicados, en un departamento, trabajo acá, medio trabajo allá. Profesores para el idioma. San Egidio tiene esa misma postura. O sea, el problema es entonces: salvamento urgente sí, ahí todos. Segundo: recibir, acoger lo mejor posible. Después, integrar. Integrar. Un Papa incómodo Ya hace 50 años de casi todo. Del Concilio Vaticano II, del viaje de Pablo VI y el abrazo con el patriarca Atenágoras en Tierra Santa. Hay quienes sostienen que para entenderlo a usted conviene conocer a Pablo VI. Él fue hasta cierto punto el papa incomprendido. ¿Se siente también un poco así, un Papa incómodo? No. No. Yo creo que por mis pecados debería ser más incomprendido. El mártir de la incomprensión fue Pablo VI. Evangelii gaudium, que es el marco de la pastoralidad que yo quiero dar a la Iglesia ahora, es una actualización de la Evangelii nuntiandi de Pablo VI. Es un hombre que se adelantó a la historia. Y sufrió, sufrió mucho. Fue un mártir. Y muchas cosas no las pudo hacer, porque como era realista sabía que no podía y sufría, pero ofrecía ese sufrimiento. Y lo que pudo hacer lo hizo. Y qué es lo que mejor hizo Pablo VI: sembrar. Sembró cosas que después la historia fue recogiendo. Evangelii gaudium es una mezcla de Evangelii nuntiandi y el documento de Aparecida. Cosas que se fueron trabajando desde abajo. El Evangelii nuntiandi es el mejor documento pastoral postconciliar y no ha perdido actualidad. Yo no me siento incomprendido. Me siento acompañado, y acompañado por todo tipo de gente, jóvenes, viejos. Sí, alguno por ahí no está de acuerdo, y tiene derecho, porque si yo me sintiera mal porque alguien no está de acuerdo habría en mi actitud un germen de dictador. Tienen derecho a no estar de acuerdo. Tienen derecho a pensar que el camino es peligroso, que puede dar malos resultados, que tienen derecho. Pero siempre que lo dialoguen, no que tiren la piedra y escondan la mano, eso no. A eso no tiene derecho ninguna persona humana. Tirar la piedra y esconder la mano no es humano, eso es delincuencia. Todos tienen derecho a discutir, y ojalá discutiéramos más porque eso nos pule, nos hermana. La discusión hermana mucho. La discusión con buena sangre, no con la calumnia y todo eso? ¿Incómodo con el poder tampoco se siente? Es que el poder no lo tengo yo. El poder es compartido. El poder es cuando se toman las decisiones pensadas, dialogadas, rezadas, la oración a mí me ayuda mucho, y me sostiene mucho. A mí no me incomoda el poder. Me incomodan ciertos protocolos, pero es porque yo soy así, callejero. Es esencial comunicarse Lleva 25 años sin ver la televisión y según tengo entendido los periodistas nunca fueron santo de su devoción, pero se ha reinventado todo el sistema de comunicación del Vaticano, profesionalizando y elevándolo incluso a la categoría de dicasterio. ¿Tanta importancia tienen para el Papa los medios de comunicación? ¿Este interés es porque cree que existe una amenaza a la libertad de prensa? Y las redes sociales, ¿pueden causar un perjuicio a la libertad del individuo? Yo no veo televisión simplemente porque en un momento sentí que Dios me pidió eso; un 16 de julio del 90 hice esa promesa, y no me falta. Solamente fui al centro televisivo que estaba al lado del arzobispado a ver una o dos películas que me interesaban, que me podían servir para el mensaje. Y eso que a mí el cine me gustaba mucho y había estudiado bastante cine, sobre todo el de la posguerra italiano, el realismo italiano, y el polaco Wajda, Kurosawa, algunos franceses. Pero no ver televisión no me quitó comunicarme. No ver la televisión fue una opción personal, nada más. Pero la comunicación es divina. Dios se comunica. Dios se comunicó con nosotros a través de la historia. Dios no quedó aislado. Es un Dios que se comunica, y nos habló, y nos acompañó, y nos retó, y nos hizo cambiar de ruta, y nos sigue acompañando. No se puede entender la teología católica sin la comunicación de Dios. Dios no está estático allá y mira a ver cómo se divierten los hombres o cómo se destruyen. Dios se involucró, y se involucró comunicándose con la palabra y con su carne. O sea que yo parto de ahí. Le tengo un poco de miedo cuando los medios de comunicación no pueden expresarse con la ética que les es propia. Por ejemplo, hay modos de comunicarse que no ayudan, que desayudan a la unidad. Pongo un ejemplo sencillo. Una familia que está cenando y no hablan, o miran la televisión o los chicos están con su teléfono mandando mensajes a otros que están fuera. Cuando la comunicación pierde lo carnal, lo humano, y se vuelve líquida, es peligrosa. Que se comunique en familia, y se comunique la gente, y también de la otra manera, es muy importante. El mundo virtual de comunicación es riquísimo, pero corres el riesgo si no vives una comunicación humana, normal, ¡de tocar! Lo concreto de la comunicación es lo que va a hacer que lo virtual de la comunicación vaya por buen camino. O sea, lo concreto es innegociable en todo. No somos ángeles, somos personas de lo concreto. La comunicación es clave y tiene que ir adelante. Hay peligros como en todas las cosas. Hay que ajustarlos, pero la comunicación es divina. Y hay defectos. Yo he hablado de los pecados de la comunicación, en una conferencia en ADEPA, en Buenos Aires, la asociación que agrupa a los editores de Argentina. Y los presidentes me invitaron a una cena donde tuve que dar la conferencia esta. Ahí marqué los pecados de la comunicación, y les dije: no caigan en esto, porque lo que ustedes tienen en sus manos en un gran tesoro. Hoy en día comunicarse es divino, siempre fue divino porque Dios se comunica, y es humano, porque Dios se comunicó humanamente. Así que funcionalmente hay un dicasterio, obviamente, para dar cauce a todo esto. Pero es una cosa funcional el dicasterio. No es porque es importante hoy comunicarse, no. ¡Porque es esencial a la persona humana la comunicación, porque también es esencial a Dios! La diplomacia vaticana: mediadores no intermediarios La maquinaria diplomática del Vaticano funciona a pleno rendimiento. Tanto Barack Obama como Raúl Castro agradecieron públicamente su labor en el acercamiento. Hay sin embargo otros casos como el de Venezuela, Colombia o el de Oriente Próximo que siguen bloqueados. En el primer caso, incluso, las partes critican la mediación. ¿Teme que la imagen del Vaticano se resienta? ¿Cuáles son sus instrucciones en estos casos? Yo le pido al Señor la gracia de no tomar ninguna medida por imagen. Sino por honestidad, por servicio, esos son los criterios. Maquillarse un poco no creo que haga bien. Que a veces se pueden cometer errores, se va a resentir la imagen, bueno, eso es una consecuencia, pero uno lo hizo con buena voluntad. Luego la historia juzgará las cosas. Y después hay un principio, que para mí es claro, que es el que tiene que regir en toda la acción pastoral pero también en la diplomacia vaticana: mediadores, no intermediarios. O sea, hacer puentes, y no muros. ¿Cuál es la diferencia entre el mediador y el intermediario? El intermediario es el que tiene por ejemplo una oficina de compra y venta de inmuebles, busca quién quiere vender una casa y quién quiere comprar una casa, se ponen de acuerdo, cobra la comisión, hizo un buen servicio, pero gana siempre algo, y tiene derecho porque es su trabajo. El mediador es aquel que se pone al servicio de las partes y hace que ganen las partes aunque él pierda. La diplomacia vaticana tiene que ser mediadora, no intermediaria. Si, a lo largo de la historia, la diplomacia vaticana hizo una maniobra o un encuentro y se llenó el bolsillo, pues cometió un pecado muy grave, gravísimo. El mediador hace puentes, que no son para él, son para que caminen los otros. Y no cobra peaje. Hizo el puente y se fue. Para mí esa es la imagen de la diplomacia vaticana. Mediadores y no intermediarios. Hacedores de puentes. ¿Esa diplomacia vaticana se puede extender a China pronto? De hecho, hay una comisión que hace años está trabajando con China y que se reúne cada tres meses, una vez aquí y otra en Pekín. Y hay mucho diálogo con China. China tiene siempre ese halo de misterio que es fascinante. Hace dos o tres meses, con la exposición del museo vaticano en Pekín, estaban felices. Y ellos vienen el año que viene acá al Vaticano con sus cosas, sus museos. ¿Y va a ir pronto a China? Yo, cuando me inviten. Lo saben ellos. Además, en China las iglesias están llenas. Se puede practicar la religión en China. El populismo Tanto en Europa como en América, las consecuencias de una crisis que no acaba, el aumento de la desigualdad, la ausencia de liderazgos sólidos están dando paso a formaciones políticas que están recogiendo el malestar de los ciudadanos. Algunas de ellas ?las que se dan en llamar antisistema o populistas? aprovechan el miedo de la ciudadanía a un futuro incierto para construir un mensaje de xenofobia, de odio hacia el extranjero. El caso de Trump es el más llamativo, pero ahí están también los casos de Austria e incluso Suiza. ¿Está preocupado por este fenómeno? Es lo que llaman los populismos. Que es una palabra equívoca porque en América Latina el populismo tiene otro significado. Allí significa el protagonismo de los pueblos, por ejemplo los movimientos populares. Se organizan entre ellos, es otra cosa. Cuando oía populismo acá no entendía mucho, me perdía hasta que me di cuenta de que eran significados distintos según los lugares. Claro, las crisis provocan miedos, alertas. Para mí el ejemplo más típico de los populismos en el sentido europeo de la palabra es el 33 alemán. Después de [Paul von] Hindenburg, la crisis del 30, Alemania destrozada, busca levantarse, busca su identidad, busca un líder, alguien que le devuelva la identidad y hay un muchachito que se llama Adolf Hitler y dice ?yo puedo, yo puedo?. Y toda Alemania vota a Hitler. Hitler no robó el poder, fue votado por su pueblo, y después destruyó a su pueblo. Ese es el peligro. En momentos de crisis, no funciona el discernimiento y para mí es una referencia continua. Busquemos un salvador que nos devuelva la identidad y defendámonos con muros, con alambres, con lo que sea, de los otros pueblos que nos puedan quitar la identidad. Y eso es muy grave. Por eso siempre procuro decir: dialoguen entre ustedes, dialoguen entre ustedes. Pero el caso de Alemania en el 33 es típico, un pueblo que estaba en esa crisis, que buscó su identidad y apareció este líder carismático que prometió darles una identidad, y les dio una identidad distorsionada y ya sabemos lo que pasó. ¿Las fronteras pueden ser controladas? Sí, cada país tiene derecho a controlar sus fronteras, quién entra y quién sale, y los países que están en peligro ?de terrorismo o cosas por el estilo- tienen más derecho a controlarlas más, pero ningún país tiene derecho a privar a sus ciudadanos del diálogo con sus vecinos. ¿Y observa, Santo Padre, signos en la Europa de hoy similares a los de esa Alemania del 33? No soy un técnico en eso, pero sobre la Europa de hoy me remito a los tres discursos que di. Los dos de Estrasburgo y el tercero cuando el premio Carlomagno, que fue el único premio que acepté porque insistieron mucho por el momento que vivía Europa, y como servicio lo acepté. Esos tres discursos dicen lo que yo pienso sobre Europa. La corrupción ¿Es la corrupción el peor pecado de nuestro tiempo? Es un gran pecado. Pero creo que no debemos atribuirnos la exclusividad en la Historia. Siempre ha existido corrupción. Siempre. Acá. Si uno lee la historia de los papas se encuentra con cada escándalo. Por nombrar mi casa, sin meterme en la del vecino. Tengo varios ejemplos de países vecinos donde hubo corrupción en la historia, pero me quedo con los míos. Acá hubo corrupción. Pesadita. Basta pensar en el papa Alejandro VI, en esa época, y doña Lucrecia con sus ?tecitos?. España ¿Qué le llega de España? ¿Qué le llega en cuanto a la recepción que en España tiene su mensaje, su misión, su trabajo? Hoy de España me acaban de llegar unos polvorones y un turrón de Jijona que los tengo ahí para convidar a los muchachos. España es un país donde el debate sobre laicidad y religiosidad es un debate que todavía está vivo, como usted sabe. Está vivo, muy vivo? ¿Y qué opina de eso? ¿Puede el proceso de laicidad acabar dejando a la Iglesia católica en una situación marginal? Diálogo. Es el consejo que doy a cualquier país. Por favor, diálogo. Como hermanos, si se animan, o al menos como civilizados. No se insulten. No se condenen antes de dialogar. Si después del diálogo quieren insultarse, bueno, pero por lo menos dialogar. Si después del diálogo se quieren condenar, bueno? Pero primero diálogo. Hoy día, con el desarrollo humano que hay, no se puede concebir una política sin diálogo. Y eso vale para España y para todos. Así que si usted me pide un consejo para los españoles, dialoguen. Si hay problemas, dialoguen primero. Latinoamérica Desde Latinoamérica, lógicamente, se siguen sus palabras y sus decisiones con especial atención: ¿Cómo ve el continente? ¿Cómo ve su tierra? El problema es que Latinoamérica está sufriendo los efectos ?que marqué mucho en la Laudato si?? de un sistema económico en cuyo centro está el dios dinero, y entonces se cae en las políticas de exclusión muy grande. Y se sufre mucho. Y, evidentemente, hoy Latinoamérica está sufriendo un fuerte embate de liberalismo económico fuerte, de ese que yo condeno en Evangelii gaudium cuando digo que ?esta economía mata?. Mata de hambre, mata de falta de cultura. La emigración no es solo de África a Lampedusa o a Lesbos. La emigración es también desde Panamá a la frontera de México con EE UU. La gente emigra buscando. Porque los sistemas liberales no dan posibilidades de trabajo y favorecen delincuencias. En Latinoamérica está el problema de los cárteles de la droga, que sí, existen, porque esa droga se consume en EE UU y en Europa. La fabrican para acá, para los ricos, y pierden la vida en eso. Y están los que se prestan a eso. En nuestra patria tenemos una palabra para calificarlos: los cipayos. Es una palabra clásica, literaria, que está en nuestro poema nacional. El cipayo es aquel que vende la patria a la potencia extranjera que le pueda dar más beneficio. Y en nuestra historia argentina, por ejemplo, siempre hay algún político cipayo. O alguna postura política cipaya. Siempre la hubo en la historia. Así que Latinoamérica tiene que rearmarse con formaciones de políticos que realmente den a Latinoamérica la fuerza de los pueblos. Para mí el ejemplo más grande es el de Paraguay de posguerra. Pierde la guerra de la triple alianza y prácticamente el país queda en manos de las mujeres. Y la mujer paraguaya siente que tiene que levantar el país, defender la fe, defender su cultura y defender su lengua, y lo logró. La mujer paraguaya no es cipaya, defendió lo suyo. A costa de lo que fuera, pero lo defendió, y repobló el país. Para mí es la mujer más gloriosa de América. Ahí tiene un caso de una actitud que no se entregó. Hay heroicidad. En Buenos Aires hay un barrio, a la orilla del Río de la Plata, cuyas calles tienen nombres de mujeres patriotas, que lucharon por la independencia, lucharon por la patria. La mujer tiene más sentido. Quizá exagero. Bueno, si exagero que me corrijan. Pero tiene más sentido de defender la patria porque es madre. Es menos cipaya. Tiene menos peligro de caer en el cipayismo. Por eso duele tanto la violencia contra las mujeres, que es una lacra, en Latinoamérica y en tantos sitios? En todos lados. En Europa. En Italia, por ejemplo, he visitado organizaciones de rescate de chicas prostitutas que son explotadas por europeos. Una me decía que fue traída de Eslovaquia en el baúl de un auto para poder pasarla. Y le dicen: tenés que traer tanto hoy, y si no traes eso, cobrás. Le pegan. ¿En Roma? En Roma. La situación de esas mujeres acá, ¡en Roma!, es de terror. En esa casa que visité yo había una que le habían cortado la oreja. Las torturan cuando no reúnen el dinero suficiente. Y las tienen agarradas porque las asustan, les dicen que les van a matar a los padres. Albanesas, nigerianas, incluso italianas. Una cosa muy linda es que estas asociaciones se dedican a ir por las calles, se acercan a ellas y, en vez de decirles ?cuánto cobrás, cuánto costás?, les preguntan: ?¿Cuánto sufrís?? ¡La primera vez que alguien les pregunta por el sufrimiento! Y las llevan a una colonia segura para que se recuperen. Yo visité una de esas colonias con chicas recuperadas el año pasado y había dos hombres, eran voluntarios. Y una me dijo: yo lo encontré a él. Se había casado con el hombre que le había salvado y estaban deseando tener un hijo. Y otra: este es mi novio, nos vamos a casar. El usufructo de la mujer es de las cosas más desastrosas que suceden, también aquí, en Roma. La esclavitud de la mujer. ¿No cree que después del intento fallido de la teología de la liberación, la Iglesia perdió muchas posiciones en beneficio de otras confesiones e incluso sectas? ¿A qué se debe? La teología de la liberación fue una cosa positiva en América Latina. Fue condenada por el Vaticano la parte que optó por el análisis marxista de la realidad. El cardenal Ratzinger hizo dos instrucciones cuando era perfecto de la Doctrina de la Fe. Una muy clara sobre el análisis marxista de la realidad. Y la segunda retomando aspectos positivos. La teología de la liberación tuvo aspectos positivos y también tuvo desviaciones, sobre todo en la parte del análisis marxista de la realidad. El Papa y la Argentina El Vaticano se convirtió desde hace tres años en un lugar de peregrinaje de los políticos argentinos de distintos partidos. ¿Se sintió utilizado? Ah, sí. Algunos me dicen ?nos tomamos una foto de recuerdo, y le prometo que va a ser para mí y no la voy a publicar?. Y antes de salir por la puerta ya la ha publicado. [Sonríe] Bueno, si le hace feliz usarla el problema es suyo. Se disminuye la calidad de esa persona. El que usa tiene poca altura. Y qué voy a hacer. El problema es de él, no mío. Vienen muchos argentinos a la audiencia general. En la Argentina siempre hubo mucho turismo, pero ahora pasar a una audiencia general del Papa es casi obligatorio. [Risas] Después los que vienen acá y que son amigos ?yo viví 76 años en Argentina ?, a veces mi familia, algunos sobrinos. Pero, usado, sí; hay gente que me usó, usó fotos, como si yo hubiese dicho cosas y cuando me preguntan, siempre respondo: no es problema mío, no hice declaraciones, si lo dijo él, es problema de él. Pero no entro en el juego del uso. Allá él con su conciencia. La mujer y los laicos en la Iglesia Un tema recurrente es el del papel de los laicos y, sobre todo, de las mujeres en la Iglesia. Su deseo es que tengan mayores cuotas de influencia e incluso de decisión. Esos son sus deseos. ¿Hasta dónde cree que puede llegar? El papel de la mujer no hay que buscarlo tanto por la funcionalidad, porque así vamos a terminar convirtiendo a la mujer, o al movimiento de la mujer en la Iglesia, en un machismo con faldas. No. Es mucho más importante que una reivindicación funcional. El camino de lo funcional está bien. La subdirectora de la sala de prensa vaticana es una mujer, la directora de los Museos Vaticanos es una mujer? Sí, lo funcional está bien. Pero a mí lo que me interesa es que la mujer nos dé su pensamiento, porque la Iglesia es femenina, es ?la? Iglesia, no es "el" Iglesia, y es ?la? esposa de Jesucristo, y ese es el fundamento teologal de la mujer. Y cuando me preguntan ?sí, pero la mujer podría tener más? ¿Pero qué era más importante el día de Pentecostés, la Virgen o los apóstoles? La Virgen. Lo funcional nos puede traicionar en el poner a la mujer en su sitio. Que hay que ponerla ?sí, porque todavía falta mucho?, y trabajar para que pueda dar a la Iglesia la originalidad de su ser y de su pensamiento. En algunos de sus viajes, se dirigía a los religiosos, tanto de la curia romana como de las jerarquías locales o incluso a curas y monjas, para pedirles más compromiso, más cercanía, incluso mejor humor. ¿De qué manera cree que se reciben esos consejos, esos cariñosos tirones de oreja? En lo que más insisto es en la vecindad, en la cercanía. Y es bien recibido por lo general. Siempre hay grupos un poco más fundamentalistas, en todos los países, en la Argentina los hay. Son grupos pequeños, yo los respeto, son gente buena que prefiere vivir así su religión. Yo predico lo que siento que el Señor me pide predicar. En Europa cada vez se ven más curas y monjas procedentes del llamado tercer mundo. ¿A qué se debe este fenómeno? Hace 150 años en América Latina se veían cada vez más curas y monjas europeos, y en África lo mismo y en Asia lo mismo. Las iglesias jóvenes fueron creciendo. En Europa lo que pasa es que no hay natalidad. Italia está bajo cero. Francia es la que creo que está más adelante por todas las leyes de apoyo a la natalidad. Pero no hay natalidad. El bienestar italiano de hace unos años acá cortó la natalidad. Preferimos ir de vacaciones, tenemos un perrito, un gatito. No hay natalidad, y si no hay natalidad no hay vocaciones. En sus consistorios, ha creado cardenales de los cinco continentes. ¿Cómo le gustaría que fuese el cónclave que elija a su sucesor? ¿Cree que verá el próximo cónclave? Que sea católico. Un cónclave católico que elija a mi sucesor. ¿Y lo verá? Eso no lo sé. Que Dios lo decida. Cuando yo sienta que no pueda más, ya mi gran maestro Benedicto me enseñó cómo hay que hacerlo. Y si Dios me lleva antes, lo veré desde el otro lado. Espero que no desde el infierno. Pero que sea un cónclave católico. Se le ve muy contento de ser Papa El Señor es bueno y no me quitó el buen humor.

Hace cincuenta años, nuestros predecesores, el papa Pablo VI y el arzobispo Michael Ramsey, se reunieron en esta ciudad santificada por el ministerio y la sangre de los apóstoles Pedro y Pablo. Más tarde, el papa Juan Pablo II y los arzobispos Robert Runcie y George Carey, el papa Benedicto XVI y el arzobispo Rowan Williams oraron juntos en esta Iglesia de San Gregorio al Celio, donde el papa Gregorio envió a Agustín a evangelizar a los pueblos anglosajones. Una peregrinación a las tumbas de estos Apóstoles y Padres, católicos y anglicanos reconocen herederos del tesoro del Evangelio de Jesucristo y la llamada a compartirlo con todo el mundo. Hemos recibido la buena nueva de Jesucristo a través de la santa vida de hombres y mujeres, que predicaron el Evangelio de palabra y obra, y nos instruyó, y animados por el Espíritu Santo para ser testigos de Cristo «hasta los confines de la tierra "(Hch 1,8). Estamos unidos en la creencia de que "los confines de la tierra" en la actualidad no sólo representan un término geográfico, sino un llamado para llevar el mensaje de salvación del Evangelio de una manera especial a los que están en los márgenes de nuestras sociedades y de los suburbios. En su histórico encuentro en 1966, el papa Pablo VI y el arzobispo Ramsey establecieron la Comisión Internacional Anglicano-Católica Romana con el fin de mantener un diálogo teológico serio que ?basado en los Evangelios y en las antiguas tradiciones comunes, conduzca a aquella la unidad en la Verdad por la cual Cristo rezó?. Cincuenta años más tarde, damos gracias por los resultados de la Comisión Internacional Anglicano-Católica, que ha examinado las doctrinas, que han creado divisiones a lo largo de la historia, desde una nueva perspectiva de respeto mutuo y caridad. Hoy estamos agradecidos, en particular, por los documentos de ARCIC II, que examinaremos, y estamos a la espera de las conclusiones de la ARCIC III, que está tratando de avanzar en las nuevas situaciones y nuevos desafíos de nuestra unidad. Cincuenta años atrás nuestros predecesores reconocieron los "serios obstáculos" que obstaculizaban el camino del restablecimiento de un compartir completo de la fe y la vida sacramental entre nosotros. Sin embargo, en la fidelidad a la oración del Señor de que sus discípulos sean uno, no se desanimaron al iniciar el camino, aún sin saber qué medidas se podrían haber llevado a cabo a lo largo del mismo. Se realizaron grandes progresos en muchos ámbitos que nos habían mantenido a la distancia. Sin embargo, nuevas circunstancias trajeron nuevos desacuerdos entre nosotros, sobre todo con relación a la ordenación de las mujeres y las más recientes cuestiones relacionadas con la sexualidad humana. Detrás de estas diferencias sigue siendo una cuestión perenne el modo del ejercicio de la autoridad en la comunidad cristiana. Estos son hoy algunos aspectos problemáticos que constituyen serios obstáculos para nuestra unidad plena. Mientras que, aunque al igual que nuestros predecesores, tampoco nosotros vemos soluciones a los obstáculos que se nos presentan, no nos desanimamos. Con fe y alegría en el Espíritu Santo, confiamos en que el diálogo y el compromiso mutuo harán más profunda nuestra comprensión y nos ayudará a discernir la voluntad de Cristo para su Iglesia. Tenemos confianza en la gracia de Dios y en la Providencia, sabiendo que el Espíritu Santo abrirá nuevas puertas y nos guiará a toda la verdad (Juan 16:13). Las diferencias mencionadas no pueden impedirnos de reconocernos recíprocamente hermanos y hermanas en Cristo a causa de nuestro bautismo común. Tampoco debemos impedirnos descubrir y regocijarnos en la profunda fe cristiana y en la santidad que encontramos en las tradiciones de otras personas. Estas diferencias no deben llevarnos a disminuir nuestros esfuerzos ecuménicos. La oración de Cristo durante la última cena de que todos sean uno (Juan 17.20 a 23) es una citación para sus discípulos hoy en día como lo era entonces, en el momento inminente a su pasión, muerte y resurrección y dando como resultado el nacimiento de su Iglesia. Ni siquiera nuestras diferencias deberían impedir nuestra oración común: no sólo podemos rezar juntos, sino que tenemos que rezar juntos, dando voz a la fe y la alegría que compartimos en el Evangelio de Cristo, en las antiguas profesiones de fe y en el poder del amor de Dios, que hace presente del Espíritu Santo, para vencer todo pecado y la división. Así, con nuestros predecesores, instamos a nuestro clero y los fieles a no pasar por alto ni subestimar esta comunión cierta, aunque imperfecta, que ya compartimos. Más amplias y profundas que nuestras diferencias son la fe que compartimos y nuestra alegría común en el Evangelio. Cristo rezó para que sus discípulos sean todos una sola cosa, para "que el mundo crea" (Juan 17:21). El vivo deseo de unidad que expresamos en esta Declaración Conjunta está estrechamente vinculado con el deseo compartido de que los hombres y las mujeres deben llegar a creer que Dios envió a su Hijo, Jesús, al mundo para salvarlo del mal que oprime y debilita toda la creación. Jesús dio su vida por amor y resucitando de entre los muertos, ha vencido a la muerte. Los cristianos, que han abrazado esta fe, han encontrado a Jesús y la victoria de su amor en sus propias vidas, y se ven obligados a compartir con los demás la alegría de esta buena nueva. Nuestra capacidad de reunirnos en la alabanza y la oración a Dios y de testificar al mundo sobre la base de la confianza que compartimos una fe común y en forma sustancial un acuerdo en la fe. El mundo tiene que ver testimoniar nuestro trabajo conjunto, esta fe común en Jesús. Podemos y debemos trabajar juntos para proteger y preservar nuestra casa común: viviendo, enseñando y actuando para favorecer un pronto fin a la destrucción del medio ambiente que ofende al creador y degrada sus criaturas, y generando patrones de comportamiento individuales y sociales que promuevan el desarrollo sostenible e integral para el bien de todos. Podemos, y debemos, estar unidos en una causa común para apoyar y defender la dignidad de todos los hombres. La persona humana es degradada del pecado personal y social. En una cultura de la indiferencia, de las paredes de distanciamiento aislarnos de los demás, de sus luchas y su sufrimiento, que muchos de nuestros hermanos y hermanas en Cristo hoy sufren. En una cultura del descarte, la vida de los más vulnerables de la sociedad, a menudo, son marginados y desechados. En una cultura de odio, siendo testigo de actos atroces de violencia, a menudo justificada por una comprensión distorsionada de las creencias religiosas. Nuestra fe cristiana nos lleva a reconocer el inestimable valor de cada vida humana y en honor a ella a través de las obras de misericordia, proporcionando educación, salud, alimentación, agua potable y refugio, siempre tratando de resolver los conflictos y construir la paz. Como discípulos de Cristo, creemos en la persona humana sagrada y como apóstoles de Cristo debemos ser sus abogados. Hace cincuenta años el papa Pablo VI y el arzobispo Ramsey fueron inspirados por las palabras del Apóstol: "olvidando lo que cargo sobre mis espaldas y extendiéndome hacia lo que está delante de mí, sigo avanzando hacia la meta, al premio que Dios nos llama a recibir en Cristo Jesús? (Filipenses 3.13 a 14). Hoy, aquello "que cargamos sobre las espaldas", (dolorosos siglos de la separación), ha estado parcialmente restaurado por cincuenta años de amistad. Damos gracias por el cincuenta aniversario del Centro Anglicano en Roma, destinado a ser un lugar de encuentro y de amistad. Nos hemos convertido en amigos y compañeros de viaje en este peregrinar, afrontando las mismas dificultades y fortaleciéndonos mutuamente, aprendiendo a apreciar los dones que Dios ha dado al otro y a recibirlos como propios, con humildad y agradecimiento. Esperamos impacientes en progresar para poder estar plenamente unidos, de palabra y obra, al Evangelio salvífico y restaurador de Cristo. Por ello, recibimos un gran aliento fruto de la reunión de estos días, entre tantos pastores católicos y anglicanos de la Comisión Anglicano-Católica para la Unidad y la Misión (IARCCUM), que, (sobre la base de lo que tenemos en común y que las generaciones de estudiosos ARCIC han sacado cuidadosamente a la luz), estamos dispuestos a seguir trabajando juntos en la misión y el testimonio hacia los "confines de la tierra". Hoy nos regocijamos en ese ?encomendarlos y enviarlos a delante de dos en dos?, como el Señor envió a setenta y dos discípulos. Que su misión ecuménica hacia aquellos que estaban marginados por la sociedad, sea un testimonio para todos nosotros, y desde este lugar sagrado, como la Buena Nueva hace muchos siglos, salga el mensaje de que los católicos y los anglicanos trabajan juntos para dar voz a la fe común en el Señor Jesucristo, para llevar alivio al sufrimiento, la paz donde hay conflicto, dignidad donde la gente es negada y pisoteada. En esta Iglesia de San Gregorio Magno, imploramos fervientemente la bendición de la Santísima Trinidad en la continuación de los trabajos de la ARCIC y la IARCCUM, y de todos aquellos que rezan y contribuyen a la restauración de la unidad entre nosotros. Roma 5 de octubre, del año 2016 Su excelencia Welby Justin y Su Santidad Francisco

Hace cincuenta años, nuestros predecesores, el papa Pablo VI y el arzobispo Michael Ramsey, se reunieron en esta ciudad santificada por el ministerio y la sangre de los apóstoles Pedro y Pablo. Más tarde, el papa Juan Pablo II y los arzobispos Robert Runcie y George Carey, el papa Benedicto XVI y el arzobispo Rowan Williams oraron juntos en esta Iglesia de San Gregorio al Celio, donde el papa Gregorio envió a Agustín a evangelizar a los pueblos anglosajones. Una peregrinación a las tumbas de estos Apóstoles y Padres, católicos y anglicanos reconocen herederos del tesoro del Evangelio de Jesucristo y la llamada a compartirlo con todo el mundo. Hemos recibido la buena nueva de Jesucristo a través de la santa vida de hombres y mujeres, que predicaron el Evangelio de palabra y obra, y nos instruyó, y animados por el Espíritu Santo para ser testigos de Cristo «hasta los confines de la tierra "(Hch 1,8). Estamos unidos en la creencia de que "los confines de la tierra" en la actualidad no sólo representan un término geográfico, sino un llamado para llevar el mensaje de salvación del Evangelio de una manera especial a los que están en los márgenes de nuestras sociedades y de los suburbios. En su histórico encuentro en 1966, el papa Pablo VI y el arzobispo Ramsey establecieron la Comisión Internacional Anglicano-Católica Romana con el fin de mantener un diálogo teológico serio que ?basado en los Evangelios y en las antiguas tradiciones comunes, conduzca a aquella la unidad en la Verdad por la cual Cristo rezó?. Cincuenta años más tarde, damos gracias por los resultados de la Comisión Internacional Anglicano-Católica, que ha examinado las doctrinas, que han creado divisiones a lo largo de la historia, desde una nueva perspectiva de respeto mutuo y caridad. Hoy estamos agradecidos, en particular, por los documentos de ARCIC II, que examinaremos, y estamos a la espera de las conclusiones de la ARCIC III, que está tratando de avanzar en las nuevas situaciones y nuevos desafíos de nuestra unidad. Cincuenta años atrás nuestros predecesores reconocieron los "serios obstáculos" que obstaculizaban el camino del restablecimiento de un compartir completo de la fe y la vida sacramental entre nosotros. Sin embargo, en la fidelidad a la oración del Señor de que sus discípulos sean uno, no se desanimaron al iniciar el camino, aún sin saber qué medidas se podrían haber llevado a cabo a lo largo del mismo. Se realizaron grandes progresos en muchos ámbitos que nos habían mantenido a la distancia. Sin embargo, nuevas circunstancias trajeron nuevos desacuerdos entre nosotros, sobre todo con relación a la ordenación de las mujeres y las más recientes cuestiones relacionadas con la sexualidad humana. Detrás de estas diferencias sigue siendo una cuestión perenne el modo del ejercicio de la autoridad en la comunidad cristiana. Estos son hoy algunos aspectos problemáticos que constituyen serios obstáculos para nuestra unidad plena. Mientras que, aunque al igual que nuestros predecesores, tampoco nosotros vemos soluciones a los obstáculos que se nos presentan, no nos desanimamos. Con fe y alegría en el Espíritu Santo, confiamos en que el diálogo y el compromiso mutuo harán más profunda nuestra comprensión y nos ayudará a discernir la voluntad de Cristo para su Iglesia. Tenemos confianza en la gracia de Dios y en la Providencia, sabiendo que el Espíritu Santo abrirá nuevas puertas y nos guiará a toda la verdad (Juan 16:13). Las diferencias mencionadas no pueden impedirnos de reconocernos recíprocamente hermanos y hermanas en Cristo a causa de nuestro bautismo común. Tampoco debemos impedirnos descubrir y regocijarnos en la profunda fe cristiana y en la santidad que encontramos en las tradiciones de otras personas. Estas diferencias no deben llevarnos a disminuir nuestros esfuerzos ecuménicos. La oración de Cristo durante la última cena de que todos sean uno (Juan 17.20 a 23) es una citación para sus discípulos hoy en día como lo era entonces, en el momento inminente a su pasión, muerte y resurrección y dando como resultado el nacimiento de su Iglesia. Ni siquiera nuestras diferencias deberían impedir nuestra oración común: no sólo podemos rezar juntos, sino que tenemos que rezar juntos, dando voz a la fe y la alegría que compartimos en el Evangelio de Cristo, en las antiguas profesiones de fe y en el poder del amor de Dios, que hace presente del Espíritu Santo, para vencer todo pecado y la división. Así, con nuestros predecesores, instamos a nuestro clero y los fieles a no pasar por alto ni subestimar esta comunión cierta, aunque imperfecta, que ya compartimos. Más amplias y profundas que nuestras diferencias son la fe que compartimos y nuestra alegría común en el Evangelio. Cristo rezó para que sus discípulos sean todos una sola cosa, para "que el mundo crea" (Juan 17:21). El vivo deseo de unidad que expresamos en esta Declaración Conjunta está estrechamente vinculado con el deseo compartido de que los hombres y las mujeres deben llegar a creer que Dios envió a su Hijo, Jesús, al mundo para salvarlo del mal que oprime y debilita toda la creación. Jesús dio su vida por amor y resucitando de entre los muertos, ha vencido a la muerte. Los cristianos, que han abrazado esta fe, han encontrado a Jesús y la victoria de su amor en sus propias vidas, y se ven obligados a compartir con los demás la alegría de esta buena nueva. Nuestra capacidad de reunirnos en la alabanza y la oración a Dios y de testificar al mundo sobre la base de la confianza que compartimos una fe común y en forma sustancial un acuerdo en la fe. El mundo tiene que ver testimoniar nuestro trabajo conjunto, esta fe común en Jesús. Podemos y debemos trabajar juntos para proteger y preservar nuestra casa común: viviendo, enseñando y actuando para favorecer un pronto fin a la destrucción del medio ambiente que ofende al creador y degrada sus criaturas, y generando patrones de comportamiento individuales y sociales que promuevan el desarrollo sostenible e integral para el bien de todos. Podemos, y debemos, estar unidos en una causa común para apoyar y defender la dignidad de todos los hombres. La persona humana es degradada del pecado personal y social. En una cultura de la indiferencia, de las paredes de distanciamiento aislarnos de los demás, de sus luchas y su sufrimiento, que muchos de nuestros hermanos y hermanas en Cristo hoy sufren. En una cultura del descarte, la vida de los más vulnerables de la sociedad, a menudo, son marginados y desechados. En una cultura de odio, siendo testigo de actos atroces de violencia, a menudo justificada por una comprensión distorsionada de las creencias religiosas. Nuestra fe cristiana nos lleva a reconocer el inestimable valor de cada vida humana y en honor a ella a través de las obras de misericordia, proporcionando educación, salud, alimentación, agua potable y refugio, siempre tratando de resolver los conflictos y construir la paz. Como discípulos de Cristo, creemos en la persona humana sagrada y como apóstoles de Cristo debemos ser sus abogados. Hace cincuenta años el papa Pablo VI y el arzobispo Ramsey fueron inspirados por las palabras del Apóstol: "olvidando lo que cargo sobre mis espaldas y extendiéndome hacia lo que está delante de mí, sigo avanzando hacia la meta, al premio que Dios nos llama a recibir en Cristo Jesús? (Filipenses 3.13 a 14). Hoy, aquello "que cargamos sobre las espaldas", (dolorosos siglos de la separación), ha estado parcialmente restaurado por cincuenta años de amistad. Damos gracias por el cincuenta aniversario del Centro Anglicano en Roma, destinado a ser un lugar de encuentro y de amistad. Nos hemos convertido en amigos y compañeros de viaje en este peregrinar, afrontando las mismas dificultades y fortaleciéndonos mutuamente, aprendiendo a apreciar los dones que Dios ha dado al otro y a recibirlos como propios, con humildad y agradecimiento. Esperamos impacientes en progresar para poder estar plenamente unidos, de palabra y obra, al Evangelio salvífico y restaurador de Cristo. Por ello, recibimos un gran aliento fruto de la reunión de estos días, entre tantos pastores católicos y anglicanos de la Comisión Anglicano-Católica para la Unidad y la Misión (IARCCUM), que, (sobre la base de lo que tenemos en común y que las generaciones de estudiosos ARCIC han sacado cuidadosamente a la luz), estamos dispuestos a seguir trabajando juntos en la misión y el testimonio hacia los "confines de la tierra". Hoy nos regocijamos en ese ?encomendarlos y enviarlos a delante de dos en dos?, como el Señor envió a setenta y dos discípulos. Que su misión ecuménica hacia aquellos que estaban marginados por la sociedad, sea un testimonio para todos nosotros, y desde este lugar sagrado, como la Buena Nueva hace muchos siglos, salga el mensaje de que los católicos y los anglicanos trabajan juntos para dar voz a la fe común en el Señor Jesucristo, para llevar alivio al sufrimiento, la paz donde hay conflicto, dignidad donde la gente es negada y pisoteada. En esta Iglesia de San Gregorio Magno, imploramos fervientemente la bendición de la Santísima Trinidad en la continuación de los trabajos de la ARCIC y la IARCCUM, y de todos aquellos que rezan y contribuyen a la restauración de la unidad entre nosotros. Roma 5 de octubre, del año 2016 Su excelencia Welby Justin y Su Santidad Francisco

El buen olor de Cristo y la luz de su misericordia En nuestro tercer encuentro les propongo meditar sobre las obras de misericordia, ya sea tomando alguna de ellas, la que más sintamos ligada a nuestro carisma, ya sea contemplándolas todas juntas, viéndolas con los ojos misericordiosos de nuestra Señora, que nos hacen descubrir «el vino que falta» y nos alientan a «hacer todo lo que Jesús nos diga», para que su misericordia obre los milagros que nuestro pueblo necesita. Las obras de misericordia están muy ligadas a los «sentidos espirituales». Al rezar pedimos la gracia de «sentir y degustar» el Evangelio de tal manera que nos sensibilice para la vida. Movidos por el Espíritu, guiados por Jesús, podemos ver ya de lejos con ojos de misericordia al quien yace caído al lado del camino, podemos escuchar los gritos de Bartimeo; podemos notar cómo el Señor siente en el borde de su manto el toque tímido pero decidido de la hemorroísa; podemos pedir la gracia de gustar con él en la cruz el sabor amargo de la hiel de todos los crucificados, para sentir así el fuerte olor de la miseria -en hospitales de campaña, en trenes y en barcones repletos de gente-; ese olor que no tapa el aceite de la misericordia, sino que al ungirlo hace que se despierte una esperanza. El Catecismo de la Iglesia Católica, hablando de las obras de misericordia, nos cuenta que santa Rosa de Lima, el día en que su madre la reprendió por atender en la casa a pobres y enfermos, ella le contestó: «Cuando servimos a los pobres y a los enfermos, somos buen olor de Cristo» (n. 2449). Ese buen olor de Cristo ?el cuidado de los pobre? es distintivo de la Iglesia, siempre lo ha sido. Pablo centró en esto su encuentro con «las columnas», como él les llama, con Pedro, Santiago y Juan. Ellos «sólo nos pidieron que nos acordáramos de los pobres». Para mí esto lo he ya dije, apenas elegido papa, apenas seguían el escrutiño, se acercó a mi un hermano cardenal y me dijo: no te olvides de los pobres, el primer mensaje que el Señor me hizo llegar en ese momento. El Catecismo dice también, de manera sugestiva, que «los oprimidos por la miseria son objeto de un amor de preferencia por parte de la Iglesia, que, desde los orígenes, y a pesar de los fallos de muchos de sus miembros, no ha cesado de trabajar para aliviarlos, defenderlos y liberarlos». En la Iglesia hemos tenido y tenemos muchas cosas no tan buenas, y muchos pecados, pero en esto de servir a los pobres con obras de misericordia, siempre hemos seguido como Iglesia al Espíritu, y nuestros santos lo hicieron de manera muy creativa y eficaz. El amor a los pobres ha sido el signo, la luz que hace que la gente glorifique al Padre. Nuestro pueblo valora esto: al cura que cuida a los más pobres, a los enfermos, que perdona a los pecadores, que enseña y corrige con paciencia? Nuestro pueblo perdona a los curas muchos defectos, salvo el de estar apegados al dinero. El pueblo no lo perdona. Y no es tanto por la riqueza en sí, sino porque el dinero nos hace perder la riqueza de la misericordia. Nuestro pueblo olfatea qué pecados son graves para el pastor, cuáles matan su ministerio porque lo convierten en un funcionario o peor aún, en un mercenario, y cuáles son en cambio, no diría que pecados secundarios, porque no se si teológicamente se puede decir esto, sí pecados que se pueden sobrellevar, cargar como una cruz, hasta que el Señor los purifique al final, como hará con la cizaña. Sin embargo, lo que atenta contra la misericordia es una contradicción principal. Atenta contra el dinamismo de la salvación, contra Cristo que «se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza» (2 Co 8,9). Y esto es así porque la misericordia sana «perdiendo algo de sí»: un jirón del corazón se queda con el herido, un tiempo de nuestra vida en el que teníamos ganas de hacer algo lo perdemos para lo que teníamos ganas de hacer cuando se lo regalamos al otro en una obra de misericordia. Por eso, no se trata de que Dios tenga misericordia mí en alguna falta, como si en el resto yo fuera autosuficiente, que de vez en cuando yo realice algún acto particular de misericordia con algún necesitado. La gracia que pedimos en esta oración es la de dejarnos misericordiar por Dios en todos los aspectos de nuestra vida y de ser misericordiosos con los demás en todo nuestro actuar. Para nosotros, sacerdotes y obispos, que trabajamos con los sacramentos bautizando, confesando, celebrando la Eucaristía?, la misericordia es la manera de convertir toda la vida del Pueblo de Dios en “sacramento?. Ser misericordioso no es sólo un modo de ser, sino el modo de ser. No hay otra posibilidad de ser sacerdote. El Cura Brochero, decía: «El sacerdote que no tiene mucha compasión de los pecadores es medio sacerdote. Estos trapos benditos que llevo encima no son los que me hacen sacerdote; si no llevo en mi pecho la caridad, no soy ni siquiera cristiano». Ver lo que falta para poner remedio inmediatamente y, mejor aún, preverlo, es propio de la mirada de un padre. Esta mirada sacerdotal ?del que hace las veces del padre en el seno de la Iglesia Madre?, que nos lleva a ver a los hombres en clave de misericordia, es la que se debe enseñar a cultivar desde el seminario y debe alimentar todos los planes pastorales. Queremos, y le pedimos al Señor, una mirada que aprenda a discernir los signos de los tiempos en clave de «qué obras de misericordia están necesitando hoy nuestros pueblos», para poder sentir y gustar al Dios de la historia que camina en medio de ellos. Porque, como dice Aparecida citando a san Alberto Hurtado, «en nuestras obras, nuestro pueblo sabe que comprendemos su dolor». La prueba de esta comprensión de nuestros pueblos es que en nuestras obras de misericordia siempre somos bendecidos por Dios y encontramos ayuda y colaboración en nuestra gente. No así para otro tipo de proyectos, que a veces van bien y otras no, sin que algunos se den cuenta de por qué no funciona y se rompan la cabeza buscando un nuevo, enésimo, plan pastoral, cuando uno podría decir sencillamente: no funciona porque le falta misericordia, sin necesidad de entrar en detalles. Si no es bendecido es porque le falta misericordia. Falta esa misericordia que tiene que ver más con un hospital de campaña que con una clínica de lujo, esa misericordia que, valorando algo bueno, siembra un futuro para un encuentro de la persona con Dios, en vez de alejarla con una crítica puntual Les propongo una oración con la pecadora perdonada (Jn 8,3-11), para pedir la gracia de ser misericordiosos en la confesión, y otra sobre la dimensión social de las obras de misericordia. Siempre me conmueve el pasaje del Señor con la mujer adúltera: como, cuando no la condenó, el Señor «faltó» a la ley; en ese punto en que le pedían que se definiera «¿hay que apedrearla o no?», no se definió, no aplicó la ley. Hizo como que no entendía, también en esto el Señor es un maestro con nosotros. Les salió con otra cosa. Inició así un proceso en el corazón de la mujer que necesitaba aquellas palabras: «Yo tampoco te condeno». Con la mano tendida la puso en pie, y esto le permitió que se encontrara con una mirada llena de dulzura que le cambió el corazón. El Señor tiende la mano a la hija de Jairo, denle de comer. Al muchacho muerto, Naím, lo da a su madre; a esta pecadora, levántate. El Señor entra en donde quiere que el hombre esté, siempre de pié, nunca por tierra. A veces me da una mezcla de pena e indignación cuando alguno se apura a poner en claro la última recomendación, el «no peques más». Y utiliza esta frase para «defender» a Jesús y que no quede como uno que se saltó la ley. Pienso que las palabras que utiliza el Señor forman un todo con sus acciones. El hecho de agacharse para escribir en tierra dos veces, pausando lo que les dice a los que quieren apedrear a la mujer y luego lo que le dice a ella, nos habla de un tiempo que el Señor se toma para juzgar y perdonar. Un tiempo que remite a cada uno a su interioridad y hace que los que juzgan se retiren. En su diálogo con la mujer, el Señor abre otros espacios: uno es el espacio de la no condena. El Evangelio insiste en este espacio que ha quedado libre. Nos sitúa en la mirada de Jesús y nos dice que «no ve a nadie alrededor sino sólo a la mujer». Y luego, Jesús mismo hace mirar alrededor a la mujer con su pregunta: «¿Dónde están los que te ?categorizaban??» La palabra es importante, ya que habla de eso que tanto rechazamos, como es el que nos cataloguen o nos caricaturicen? Una vez que la hace mirar ese espacio libre del juicio ajeno, le dice que él tampoco lo invade con sus piedras: «Yo tampoco te condeno». Y ahí mismo le abre otro espacio libre: «En adelante no peques más». El mandamiento se da para adelante, para ayudar a andar, para «caminar en el amor». Esta es la delicadeza de la misericordia que mira con piedad lo pasado y da ánimo para el futuro. Este «no peques más» no es algo obvio. El Señor lo dice «junto con ella», le ayuda a poner en palabras lo que ella misma siente, ese «no» libre al pecado, que es como el «sí» de María a la gracia. El «no» va dicho en relación a la raíz del pecado de cada uno. En la mujer se trataba de un pecado social, de alguien a la que se le acercaba la gente o para estar con ella o para apedrearla. O para estar con ella o para lapidarla, no había ningún otro tipo de cercanía con esta mujer. Por eso, el Señor no sólo le despeja el camino, sino que la pone a caminar, para que deje de ser «objeto» de la mirada ajena, para que sea protagonista. El no pecar no se refiere sólo al aspecto moral, creo yo, sino a un tipo de pecado que no la deja hacer su vida. También le dice al paralítico de la piscina de Betesda: «No peques más». Pero a este ?que se justificaba con las cosas tristes que le sucedían, que tenía una psicología de víctima? la mujer no, lo pincha un poco con eso de que «no sea que te suceda algo peor». Aprovecha el Señor su manera de pensar, aquello que teme, para sacarlo de su parálisis. Lo persuade con el susto, digamos. Así, cada uno tenemos que escuchar este «no peques más» de manera honda, personal. Esta imagen del Señor, que pone a caminar a la gente, el Señor que pone en camino a las personas, es muy apropiada: él es el Dios que se pone a caminar con su pueblo, que lleva adelante y acompaña nuestra historia. Por eso, el objeto al que se dirige la misericordia es muy preciso: es hacia aquello que hace que un hombre o una mujer no caminen en su lugar, con los suyos, a su ritmo, hacia donde Dios los invita a andar. La pena, lo que conmueve, es que uno se pierda, o se quede atrás, o se sea presuntuoso. Que esté desubicado, digamos. Que no esté a mano para el Señor, disponible para lo que él quiera mandar. Que uno no camine humildemente en presencia del Señor (cf. Mi 6,8), que no camine en la caridad (cf. Ef 5,2). Ahora pasemos para decir dos palabras, aunque son más de dos, pero irá bien: sobre el espacio del confesionario, donde la verdad nos hace libres Al final de los Ejercicios, san Ignacio pone la «contemplación para alcanzar amor», que conecta lo vivido en la oración con la vida cotidiana. Y nos hace reflexionar acerca de cómo el amor hay que ponerlo más en las obras que en las palabras. Esas obras son las obras de misericordia, las que el Padre «preparó de antemano para que las practicáramos» (Ef 2,10), las que el Espíritu inspira a cada uno para el bien común (cf. 1 Co 12, 7). A la vez que agradecemos al Señor por tantos beneficios recibidos de su bondad, pedimos la gracia de llevar a todos los hombres esa misericordia que nos ha salvado a nosotros. Les propongo, en esta dimensión social, meditar con alguno de los párrafos finales de los Evangelios. Allí, el Señor mismo establece esa conexión entre lo recibido y lo que debemos dar. Podemos leer estos finales en clave de «obras de misericordia», que ponen en acto el tiempo de la Iglesia en el que Jesús resucitado vive, acompaña, envía y atrae nuestra libertad, que encuentra en él su realización concreta y renovada cada día. Mateo, en el final, nos dice que el Señor envía a los apóstoles y les dice: «Enseñen a guardar todo lo que yo les he mandado». Este «enseñar al que no sabe» es en sí mismo una de las obras de misericordia. Y se espeja como la luz en las demás obras: en las de Mateo 25, que tienen que ver más con las obras así llamadas corporales y en todos los mandamientos y consejos evangélicos, de «perdonar», «corregir fraternalmente», consolar a los tristes, soportar las persecuciones? etc. Marcos termina con la imagen del Señor que «colabora» con los apóstoles y «confirma la Palabra con las señales que la acompañan». Esas «señales» tienen la característica de las obras de misericordia. Marcos habla, entre otras cosas, de sanar a los enfermos y expulsar a los malos espíritus. Lucas continúa su Evangelio con el libro de los «Hechos» ?praxeis? de los apóstoles, narrando su modo de proceder y las obras que hacen, guiados por el Espíritu. Juan termina hablando de las «otras muchas cosas» (21,25) o «señales» (20,30) que hizo Jesús. Los hechos del Señor, sus obras, no son meros hechos sino que son signos en los que, de manera personal y única en cada uno, se muestra su amor y su misericordia. Podemos contemplar al Señor que nos envía a este trabajo con la imagen de Jesús misericordioso, tal como se le reveló a sor Faustina. En esa imagen podemos ver la Misericordia como una única luz que viene de la interioridad de Dios y que, al pasar por el corazón de Cristo, sale diversificada, con un color propio para cada obra de misericordia. Las obras de misericordia son infinitas, cada una con su sello personal, con la historia de cada rostro. No son solamente las siete corporales y las siete espirituales en general. O más bien, estas, así numeradas, son como las materias primas ?las de la vida misma? que, cuando las manos de la misericordia las tocan y las moldean, se convierten cada una de ellas en una obra artesanal. Una obra que se multiplica como el pan en las canastas, que crece desmesuradamente como la semilla de mostaza. Porque la misericordia es fecunda e inclusiva. Estas son dos características importantes: la misericordia es fecunda e inclusiva. Es verdad que solemos pensar en las obras de misericordia de una en una, y en cuanto ligadas a una obra: hospitales para los enfermos, comedores para los que tienen hambre, hospederías para los que están en situación de calle, escuelas para los que tienen que educarse, el confesionario y la dirección espiritual para el que necesita consejo y perdón? Pero, si las miramos en conjunto, el mensaje es que el objeto de la misericordia es la vida humana misma y en su totalidad. Nuestra vida misma en cuanto «carne» es hambrienta y sedienta, necesitada de vestido, casa y visitas, así como de un entierro digno, cosa que nadie puede darse a sí mismo. Hasta el más rico, al morir, queda hecho una miseria y nadie lleva detrás, en su cortejo, el camión de la mudanza. Nuestra vida misma, en cuanto «espíritu», tiene necesidad de ser educada, corregida y alentada (consolada). Necesitamos que otros nos aconsejen, nos perdonen, nos aguanten y recen por nosotros. La familia es la que practica estas obras de misericordia de manera tan ajustada y desinteresada que no se nota, pero basta que en una familia con niños pequeños falte la mamá para que todo se quede en la miseria. La miseria más absoluta y crudelísima es la de un niño en la calle, sin papás, a merced de los buitres. Hemos pedido la gracia de ser signo e instrumento, ahora se trata de «actuar», y no sólo de tener gestos sino de hacer obras, de institucionalizar, de crear una cultura de la misericordia, opuesto a una cultura de la beneficencia, tenemos que distinguir. Puestos a obrar, sentimos inmediatamente que es el Espíritu el que moviliza y lleva adelante estas obras. Y lo hace utilizando los signos e instrumentos que desea, aunque a veces no sean los más aptos en sí mismos. Es más, se diría que para ejercitar las obras de misericordia el Espíritu elige más bien los instrumentos más pobres, los más humildes e insignificantes, los más necesitados ellos mismos de ese primer rayo de la misericordia divina. Estos son los que mejor se dejan formar y capacitar para realizar un servicio de verdadera eficacia y calidad. La alegría de sentirse «siervos inútiles», a los que el Señor bendice con la fecundidad de su gracia, y que él mismo en persona sienta a su mesa y les ofrece la Eucaristía, es una confirmación de estar trabajando en sus obras de misericordia. A nuestro pueblo fiel le gusta unirse en torno a las obras de misericordia. Basta ir a una audiencia general de los miércoles y vemos a cuantos grupos que están allí reunidos por obras de misericordia. Tanto en las celebraciones ?penitenciales y festivas? como en la acción solidaria y formativa, nuestro pueblo se deja juntar y pastorear de una manera que no todos advierten ni valoran, aunque fracasen tantos otros planes pastorales centrados en dinámicas más abstractas. La presencia masiva de nuestro pueblo fiel en nuestros santuarios y peregrinaciones, presencia anónima, pero anónima por exceso de rostros y por el deseo de hacerse ver sólo por Aquel y Aquella que los miran con misericordia, así como por la colaboración también numerosa que, sosteniendo con su trabajo tanta obra solidaria, debe ser motivo de atención, de valoración y de promoción por nuestra parte. Y para mi fue una sorpresa ver como estas organizaciones en Italia sean tan fuertes y reúnan tanta gente. Como sacerdotes, pedimos dos gracias al Buen Pastor, la de saber dejamos guiar por el «sensus fidei» de nuestro pueblo fiel, y también por su «sentido del pobre». Ambos «sentidos» tienen que ver con su «sensus Christi», del cual habla Pablo, con el amor y la fe que nuestro pueblo tiene por Jesús. Después de la conclusión tengo un bonus. Terminamos rezando el Alma de Cristo, que es una hermosa oración para pedir misericordia al Señor venido en carne, que nos misericordea con su mismo Cuerpo y Alma. Le pedimos que nos misericordee junto con su pueblo: a su alma, le pedimos «santifícanos», a su cuerpo, le suplicamos «sálvanos», a su sangre, le rogamos «embriáganos», quítanos toda otra sed que no sea de ti, al agua de su costado, le pedimos «lávanos»; a su pasión le rogamos «confórtanos», como en la oración que hicimos al inicio, en la hora nona. Consuela a tu pueblo, Señor crucificado; en sus llagas suplicamos «hospédanos»? No permitas que tu pueblo, Señor, se aparte de ti. Que nada ni nadie nos separe de tu misericordia, que nos defiende de las insidias del enemigo maligno. Así podremos cantar las misericordias del Señor junto con todos tus santos cuando nos mandes ir a ti?. Francisco

El receptáculo de la Misericordia El receptáculo de la misericordia es nuestro pecado. Pero suele suceder que nuestro pecado es como un colador, como un cántaro agujereado por el que se escurre la gracia en poco tiempo: «Porque dos males ha hecho mi pueblo: me ha abandonado a mí, fuente de aguas vivas, para hacerse cisternas, cisternas agrietadas que no retienen el agua» (Jr 2,13). De ahí la necesidad que el Señor explicita a Pedro de «perdonar setenta veces siete». Dios no se cansa de perdonar, aunque vea que su gracia pareciera que no termina de echar raíces fuertes en la tierra de nuestro corazón, que es camino duro, lleno de maleza y pedregoso. Él vuelve a sembrar su misericordia y su perdón. Corazones recreados Sin embargo, podemos dar un paso más en esta misericordia de Dios que es siempre «más grande que nuestra conciencia» de pecado. El Señor no sólo no se cansa de perdonarnos sino que renueva también el odre en que recibimos su perdón. Utiliza un odre nuevo para el vino nuevo de su misericordia, para que no sea como un vestido con remiendos ni un odre viejo. Y ese odre es su misericordia misma: su misericordia en cuanto experimentada en nosotros mismos y en cuanto la ponemos en práctica ayudando a otros. El corazón misericordiado no es un corazón emparchado sino un corazón nuevo, re-creado. Ese del que dice David: «Crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme» (Sal 50,12). Este corazón nuevo, re-creado, es un buen recipiente. La liturgia expresa el alma de la Iglesia cuando nos hace decir esa hermosa oración: «Oh Dios, tú que maravillosamente creaste el universo, y más maravillosamente lo recreaste en la redención» (Vigilia Pascual, Oración después de la Primera Lectura). Por lo tanto, esta segunda creación es más maravillosa que la primera. Es un corazón que se sabe recreado gracias a la fusión de su miseria con el perdón de Dios y, por eso, «es un corazón misericordiado y misericordioso». Es así: experimenta los beneficios que la gracia tiene sobre su herida y su pecado, siente cómo la misericordia pacifica su culpa, inunda con amor su sequedad, reaviva su esperanza. Por eso, cuando, al mismo tiempo y con la misma gracia, perdona al que tiene alguna deuda con él y se compadece de los que también son pecadores, esta misericordia arraiga en una tierra buena, en la que el agua no se escurre sino que da vida. En el ejercicio de esta misericordia que repara el mal ajeno, nadie mejor que el que tiene fresca la sensación de haber sido misericordiado en el mismo mal para ayudar a curarlo. Vemos cómo, entre los que trabajan en adicciones, los que se han rescatado suelen ser los que mejor comprenden, ayudan y exigen a los demás. Y el mejor confesor suele ser el que mejor se confiesa. Casi todos los grandes santos han sido grandes pecadores o, como santa Teresita, tenían conciencia de que era pura gracia preveniente el hecho de que no lo hubieran sido. Así, el verdadero recipiente de la misericordia es la misma misericordia que cada uno ha recibido y le ha recreado el corazón; ese es el «odre nuevo» del que habla Jesús (cf. Lc 5,37), el «hueco sanado». Nos situamos así en al ámbito del misterio del Hijo, de Jesús, que es la misericordia del Padre hecha carne. La imagen definitiva del receptáculo de la misericordia la encontramos a través de las llagas del Señor resucitado, imagen de la huella del pecado restaurado por Dios, que no se borra totalmente ni supura: es cicatriz, no herida purulenta. En esa «sensibilidad» propia de las cicatrices, que nos recuerdan la herida sin doler mucho y la curación sin que se nos olvide la fragilidad, allí tiene su sede la misericordia divina. En la sensibilidad de Cristo resucitado que conserva sus llagas, no sólo en sus pies y en sus manos, sino que también su corazón es un corazón llagado, encontramos el sentido justo del pecado y de la gracia. Contemplando el corazón llagado del Señor nos espejamos en él. Se asemejan, nuestro corazón y el suyo, en que los dos están llagados y resucitados. Pero sabemos que el suyo era puro amor y quedó llagado porque aceptó ser vulnerado; el nuestro, en cambio, era pura llaga, que quedó sanada porque aceptó ser amada. Nuestros santos recibieron la Misericordia Puede hacernos bien contemplar a otros que se dejaron recrear el corazón por la misericordia y mirar en qué «receptáculo» la recibieron. Pablo la recibe en el receptáculo duro e inflexible de su juicio moldeado por la Ley. Su dureza de juicio lo impulsaba a ser un perseguidor. La misericordia lo transforma de tal manera que, a la vez que se convierte en un buscador de los más alejados, de los de mentalidad pagana, por otro lado es el más comprensivo y misericordioso para con los que eran como él había sido. Pablo deseaba ser considerado anatema con tal de salvar a los suyos. Su juicio se consolida «no juzgándose ni siquiera a sí mismo», dejándose justificar por un Dios que es más grande que su conciencia, apelándose a Jesucristo que es abogado fiel, de cuyo amor nada ni nadie lo puede separar. La radicalidad de los juicios de Pablo sobre la misericordia incondicional de Dios, que supera la herida de fondo, la que hace que tengamos dos leyes, (la de la carne y la del Espíritu), es tal porque es el recipiente de una mente susceptible a lo absoluto de la verdad, herida allí mismo donde la Ley y la Luz se convierten en trampa. La famosa «espina» que el Señor no le quita es el receptáculo en el que Pablo recibe la misericordia del Señor (cf. 2 Co 12,7). Pedro recibe la misericordia en su presunción de hombre sensato. Era sensato, con la sensatez maciza y trabajada de un pescador, que sabe por experiencia cuándo se puede pescar y cuándo no. Es la sensatez del que, cuando se entusiasma con esto de caminar sobre las aguas y de tener pescas milagrosas y se excede en mirarse a sí mismo, sabe pedir ayuda al único que lo puede salvar. Este Pedro fue sanado en la herida más honda que puede haber, la de negar al amigo. Quizás el reproche de Pablo, cuando le echa en cara su doblez, tiene que ver con esto. Parecería que Pablo sentía que él había sido el peor «antes» de conocer a Cristo; pero Pedro lo fue después de conocerlo, lo negó? Sin embargo, ser sanado allí convirtió a Pedro en un Pastor misericordioso, en una piedra sólida sobre la cual siempre se puede edificar, porque es piedra débil que ha sido sanada, no piedra que en su contundencia lleva a tropezar al más débil. Pedro es el discípulo a quien más corrige el Señor en el Evangelio. Lo corrige constantemente, hasta aquel último: «A ti qué te importa, tú sígueme a mí» (Jn 21,22). La tradición dice que se le aparece de nuevo cuando Pedro está huyendo de Roma. El signo de Pedro crucificado cabeza abajo, es quizás el más elocuente de este receptáculo de una cabeza dura que, para ser misericordiada, se pone hacia abajo incluso al estar dando el testimonio supremo de amor a su Señor. Pedro no quiere terminar su vida diciendo: «Yo ya aprendí la lección», sino diciendo: «Como mi cabeza nunca va a aprender, la pongo para abajo». Arriba del todo, los pies que lavó el Señor. Esos pies son para Pedro el receptáculo por donde recibe la misericordia de su Amigo y Señor. Juan será sanado en su soberbia de querer reparar el mal con fuego y terminará siendo ese que escribe «hijitos míos», y se parece a uno de esos abuelitos buenos que sólo hablan de amor, él, que era «el hijo del trueno» (Mc 3,17). Agustín fue sanado en su nostalgia de haber llegado tarde a la cita: «Tarde te amé», y encontrará esa manera creativa de llenar de amor el tiempo perdido escribiendo sus Confesiones. Francisco es misericordiado cada vez más en muchos momentos de su vida. Quizás el receptáculo definitivo, que se convirtió en llagas reales, haya sido, más que besar al leproso, desposarse con la dama pobreza y sentir a toda creatura como hermana, el tener que custodiar en silencio misericordioso a la Orden que había fundado. Francisco ve cómo sus hermanos se dividen tomando como bandera la misma pobreza. El demonio nos hace pelear entre nosotros defendiendo las cosas más santas pero «con mal espíritu». Ignacio fue sanado en su vanidad, y si ese fue el recipiente, podemos vislumbrar lo grande que era ese deseo de vanagloria que se recreó en una tal búsqueda de la mayor gloria de Dios. En el Diario de un cura rural, Bernanos nos relata la vida de un cura de pueblo, inspirándose en la vida del Santo Cura de Ars. Hay dos párrafos muy hermosos que narran los pensamientos íntimos del cura en los últimos momentos de su imprevista enfermedad: «Las últimas semanas que Dios me conceda seguir sosteniendo la carga de la parroquia... trataré de obrar menos preocupado por el porvenir, trabajaré tan sólo para el presente. Esa especie de trabajo parece hecha a mi medida... Pues no tengo éxito más que en las cosas pequeñas. Y si he sido frecuentemente probado por la inquietud, tengo que reconocer que triunfo en las minúsculas alegrías». Un recipiente de la misericordia pequeñito tiene que ver con las minúsculas alegrías de nuestra vida pastoral, allí donde podemos recibir y ejercer la misericordia infinita del Padre en gestos pequeños. El otro párrafo dice: «Todo ha terminado ya. La especie de desconfianza que tenía de mí, de mi persona, acaba de disiparse, creo que para siempre. La lucha ha terminado. No la comprendo ya. Me he reconciliado conmigo mismo, con este despojo que soy. Odiarse es más fácil de lo que se cree. La gracia es olvidarse. Pero si todo orgullo muriera en nosotros, la gracia de las gracias sería apenas amarse humildemente a sí mismo, como a cualquiera de los miembros dolientes de Jesucristo». Este es el recipiente «amarse humildemente a sí mismo, como a cualquiera de los miembros dolientes de Jesucristo». Es un recipiente común, como un jarro viejo que podemos pedir prestado a los más pobres. El «Cura Brochero», el beato argentino que pronto será canonizado, «se dejó trabajar el corazón por la misericordia de Dios». Su receptáculo terminó siendo su propio cuerpo leproso. Él, que soñaba con morir galopando, vadeando algún río de las sierras para ir a dar la unción a algún enfermo. Una de sus últimas frases fue: «No hay gloria cumplida en esta vida»; «yo estoy muy conforme con lo que ha hecho conmigo respecto a la vista y le doy muchas gracias por ello. Cuando yo pude servir a la humanidad, me conservó íntegros y robustos mis sentidos. Hoy, que ya no puedo, me ha inutilizado uno de los sentidos del cuerpo. En este mundo no hay gloria cumplida, y estamos llenos de miserias». Nuestras cosas muchas veces quedan a medias y, por eso, salir de sí es siempre gracia. Se nos concede «dejar las cosas» para que las bendiga y perfeccione el Señor. No tenemos que preocuparnos mucho de nosotros. Esto nos permite abrirnos a las penas y alegrías de nuestros hermanos. Era el cardenal Van Thuan el que decía que, en la cárcel, el Señor le había enseñado a distinguir entre «las cosas de Dios», a las que se había dedicado en su vida libre como sacerdote y obispo, y Dios mismo, al que se dedicaba estando encarcelado (cf. Cinco panes y dos peces, Ciudad Nueva 2000). María como recipiente y fuente de Misericordia Subiendo por la escalera de los santos, en esto de ir buscando los recipientes para la misericordia, llegamos a nuestra Señora. Ella es el recipiente simple y perfecto, con el cual recibir y repartir la misericordia. Su «sí» libre a la gracia es la imagen opuesta del pecado que llevó al hijo pródigo a la nada. Ella integra una misericordia a la vez muy suya, muy de nuestra alma y muy eclesial. Como dice en el Magníficat: se sabe mirada con bondad en su pequeñez y sabe ver cómo la misericordia de Dios alcanza a todas las generaciones. Ella sabe ver las obras que esa misericordia despliega y se siente «acogida», junto con todo Israel, por esa misericordia. Ella guarda la memoria y la promesa de la misericordia infinita de Dios para con su pueblo. El suyo es el Magníficat de un corazón íntegro, no agujereado, que mira la historia y a cada persona con su misericordia maternal. En aquel rato a solas con María que me regaló el pueblo mexicano, mirando a nuestra Señora la Virgen de Guadalupe y dejándome mirar por ella, le pedí por ustedes, queridos sacerdotes, para que sean buenos curas. Y en el discurso a los obispos les decía que había reflexionado largamente sobre el misterio de la mirada de María, sobre su ternura y su dulzura que nos infunde valor para dejarnos misericordiar por Dios. Quisiera ahora recordarles algunos «modos» de mirar que tiene nuestra Señora, especialmente a sus sacerdotes, porque a través de nosotros quiere mirar a su gente. María nos mira de modo tal que uno se siente acogido en su regazo. Ella nos enseña que «la única fuerza capaz de conquistar el corazón de los hombres es la ternura de Dios. Aquello que encanta y atrae, aquello que doblega y vence, aquello que abre y desencadena, no es la fuerza de los instrumentos o la dureza de la ley, sino la debilidad omnipotente del amor divino, que es la fuerza irresistible de su dulzura y la promesa irreversible de su misericordia» (Discurso a los obispos de México, 13 febrero 2016). Lo que sus pueblos buscan en los ojos de María es «un regazo en el cual los hombres, siempre huérfanos y desheredados, están en la búsqueda de un resguardo, de un hogar». Y eso tiene que ver con sus modos de mirar: el espacio que abren sus ojos es el de un regazo, no el de un tribunal o el de un consultorio «profesional». Si alguna vez notan que se les ha endurecido la mirada, que cuando ven a la gente sienten fastidio o no sienten nada, vuelvan a mirarla a ella; mírenla con los ojos de los más pequeños de su gente, que mendiga un regazo, y ella les limpiará la mirada de toda «catarata» que no deja ver a Cristo en las almas, les curará toda miopía que vuelve borrosas las necesidades de la gente, que son las del Señor encarnado, y de toda presbicia que se pierde los detalles, «la letra chica» donde se juegan las realidades importantes de la vida de la Iglesia y de la familia. Otro «modo de mirar de María» tiene que ver con el tejido: María mira «tejiendo», viendo cómo puede combinar para bien todas las cosas que le trae su gente. Les decía a los obispos mexicanos que, «en el manto del alma mexicana, Dios ha tejido, con el hilo de las huellas mestizas de su gente, el rostro de su manifestación en la Morenita» (ibíd.) Un maestro espiritual enseña que lo que se dice de María de manera especial, se dice de la Iglesia de modo universal y de cada alma en particular (cf. Isaac de la Estrella, Sermón 51: PL 194, 1863). Al ver cómo tejió Dios el rostro y la figura de la Guadalupana en la tilma de Juan Diego podemos rezar contemplando cómo teje nuestra alma y la vida de la Iglesia. Dicen que no se puede ver cómo está «pintada» la imagen. Es como si estuviera estampada. Me gusta pensar que el milagro no fue sólo «estampar o pintar la imagen con un pincel», sino que «se recreó el manto entero», se transfiguró de pies a cabeza, y cada hilo ? esos que las mujeres aprenden a tejer desde pequeñas, y para las prendas más finas usan las fibras del corazón del maguey (la penca de la que se sacan los hilos) ?, cada hilo que ocupó su lugar fue transfigurado, asumiendo los detalles que brillan en su sitio y, entretejido con los demás, de igual manera transfigurados, hacen aparecer el rostro de nuestra Señora y toda su persona y lo que la rodea. La misericordia hace eso mismo, no nos «pinta» desde fuera una cara de buenos, no nos hace el photoshop, sino que, con los hilos mismos de nuestras miserias y pecados, entretejidos con amor de Padre, nos teje de tal manera que nuestra alma se renueva recuperando su verdadera imagen, la de Jesús. Sean, por tanto, sacerdotes «capaces de imitar esta libertad de Dios eligiendo cuanto es humilde para hacer visible la majestad de su rostro y de copiar esta paciencia divina en tejer, con el hilo fino de la humanidad que encuentren, aquel hombre nuevo que su país espera. No se dejen llevar por la vana búsqueda de cambiar de pueblo, como si el amor de Dios no tuviese bastante fuerza para cambiarlo» (Discurso a los obispos de México, 13 febrero 2016). El tercer modo es el de la atención: María mira con atención, se vuelca toda y se involucra entera con el que tiene delante, como una madre cuando es todo ojos para su hijito que le cuenta algo. «Como enseña la bella tradición guadalupana, la Morenita custodia las miradas de aquellos que la contemplan, refleja el rostro de aquellos que la encuentran. Es necesario aprender que hay algo de irrepetible en cada uno de aquellos que nos miran en la búsqueda de Dios. Toca a nosotros no volvernos impermeables a tales miradas. Custodiar en nosotros a cada uno de ellos, conservarlos en el corazón, resguardarlos. Sólo una Iglesia capaz de resguardar el rostro de los hombres que van a tocar a su puerta es capaz de hablarles de Dios. Si no desciframos sus sufrimientos, si no nos damos cuenta de sus necesidades, nada podremos ofrecerles. La riqueza que tenemos fluye solamente cuando encontramos la poquedad de aquellos que mendigan, y dicho encuentro se realiza precisamente en nuestro corazón de pastores» (ibíd.). A sus obispos les decía que estén atentos a ustedes, sus sacerdotes, «que no los dejen expuestos a la soledad y al abandono, presa de la mundanidad que devora el corazón» (ibíd.). El mundo nos observa con atención pero para «devorarnos», para volvernos consumidores? Todos necesitamos ser mirados con atención, con interés gratuito, digamos. «Ustedes estén atentos ?les decía a los obispos? y aprendan a leer las miradas de sus sacerdotes, para alegrarse con ellos cuando sientan el gozo de contar cuanto ?han hecho y enseñado? (Mc 6,30), y también para no echarse atrás cuando se sienten un poco rebajados y no puedan hacer otra cosa que llorar porque ?han negado al Señor? (cf. Lc 22, 61-62), y también para sostener [...], en comunión con Cristo, cuando alguno, abatido, saldrá con Judas ?en la noche? (cf. Jn 13,30). En estas situaciones, que nunca falte la paternidad de ustedes, obispos, para con sus sacerdotes. Animen la comunión entre ellos; hagan perfeccionar sus dones; intégrenlos en las grandes causas, porque el corazón del apóstol no fue hecho para cosas pequeñas» (ibíd.) Por último, María mira de modo «íntegro», uniendo todo, nuestro pasado, presente y futuro. No tiene una mirada fragmentada: la misericordia sabe ver la totalidad y capta lo más necesario. Como María en Caná, que es capaz de «compadecerse» anticipadamente de lo que acarreará la falta de vino en la fiesta de bodas y pide a Jesús que lo solucione, sin que nadie se dé cuenta, así toda nuestra vida sacerdotal la podemos ver como «anticipada por la misericordia» de María, que previendo nuestras carencias ha provisto todo lo que tenemos. Si algo de «vino bueno» hay en nuestra vida, no es por mérito nuestro sino por su «misericordia anticipada», esa que ya en el Magníficat canta cómo el Señor «miró con bondad su pequeñez» y «se acordó de su (alianza de) misericordia», una «misericordia que se extiende de generación en generación» sobre sus pobres y oprimidos (cf. Lc 1,46-55). La lectura que hace María es la de la historia como misericordia. Podemos terminar rezando la Salve Regina en cuyas invocaciones late el espíritu del Magníficat. Ella es la Madre de la misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra. Sus ojos misericordiosos son los que consideramos el mejor recipiente de la misericordia, en el sentido de poder beber en ellos esa mirada indulgente y buena de la que tenemos sed como sólo se puede tener sed de una mirada. Esos ojos misericordiosos son también los que nos hacen ver las obras de la misericordia de Dios en la historia de los hombres y descubrir a Jesús en sus rostros. En ella encontramos la tierra prometida ?el reino de la misericordia instaurado por nuestro Señor? que viene, ya en esta vida, después de cada destierro al que nos arroja el pecado. De su mano y bajo su mirada podemos cantar con alegría las grandezas del Señor. Podemos decirle: Mi alma te canta, Señor, porque miraste con bondad la humildad y pequeñez de tu servidor. Feliz de mí, que he sido perdonado. Tu misericordia, la que practicaste con todos tus santos y con todo tu pueblo fiel, también me ha alcanzado a mí. He andado disperso, buscándome a mí mismo, por la soberbia de mi corazón, pero no he ocupado ningún trono, Señor, y mi única exaltación es que tu Madre me alce a su regazo, me cubra con su manto y me ponga junto a su corazón. Quiero ser amado por ti como uno más de los más humildes de tu pueblo, colmar con tu pan a los que tienen hambre de ti. Acuérdate, Señor, de tu alianza de misericordia con tus hijos, los sacerdotes de tu pueblo. Que con María seamos signo y sacramento de tu misericordia. Francisco