Domingo 23 de enero de 2022

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Ser mansos y humildes de corazón, esto es santidad

BRAIDA, Dante Gustavo - Homilías - Homilía de monseñor Dante G. Braida, obispo de La Rioja, en catedral santuario San Nicolás de Bari (4 de julio de 2020)

Querida comunidad:

1. Hoy por la tarde hemos compartido la salida misionera de la Imagen de San Nicolás hacia lugares donde se asisten a personas enfermas o ancianas, hemos pasado por el “Hogar de ancianos San José”, por el hospital de clínicas “Virgen de Fátima”, donde se atiende especialmente a personas contagiados de Coronavirus, por los hospitales de “la Madre y el Niño” y “Enrique Vera Barros” como así también la Escuela de Policía donde tiene sede el Comité Operativo de Emergencia (COE) donde se centraliza la coordinación de la asistencia por la pandemia. En el camino hemos pasado por algunos barrios de la ciudad.

Elegimos esos lugares representativos de muchas situaciones de dolor y fragilidad por la que hoy atravesamos. También considerando que muchos acuden, habitualmente, a este Santuario enocasiones difíciles en busca de consuelo, de una luz para salir adelante, de paz. A su vez a través de las redes sociales y otros medios de comunicación tenemos la certeza de que San Nicolás llegó a muchos hogares y corazones derramando abundantes bendiciones. Los diferentes rostros que encontramos en el camino y la cantidad de peticiones que se dirigían a nuestro Santo expresan la fe de un pueblo que, unido, confía en él y en el Dios que obró y obra por su intercesión. Lo que obra San Nicolás es un reflejo del amor misericordioso y compasivo de Jesús.

2. Jesús nos dice en el Evangelio que escuchamos: “Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y Yo los aliviaré”. Con estas palabras nos da esa confianza para acudir a Él en toda circunstancia, sobre todo cuando vemos que no podemos, cuando la realidad nos sobrepasa, cuando tocamos el límite de nuestras fuerzas. Ahí, cuando nos sentimos pequeños y pobres es cuando mejor podemos comprender a Dios y él más puede obrar en sus hijos.Jesús percibe esa realidad y se llena de gozo por ella, por eso exclama al Padre: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños.” Esa pequeñez es la primera condición para poder ser discípulo.

Es equivalente a la pobreza de corazón, a la humildad, a la mansedumbre. Es todo lo opuesto a la soberbia, al orgullo, a la autosuficiencia, a la confianza puesta en la fuerza o en los bienes. Pero también hay que incluir en este grupo de los pequeños a los pobres y a los ignorantes, que eran menospreciados por los más religiosos de su tiempo, pero que gozaban de la predilección de Jesús”. (L H Rivas) Es así, el Padre tiene predilección por los hombres que ante el mundo nada o poco significan y ha elegido darse a conocer preferencialmente a ellos.

3. Al invitarnos a ir hacia él, Jesús también nos dice: “Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio.”

Muchos de los que acudían a Jesús eran personas creyentes que sentían la religión como un gran peso al querer cumplir las leyes de Dios con las propias fuerzas. Como no podían eso les producía mucha angustia y dolor. Jesús al presentarnos a Dios lo hace hablándonos de su Padre que en primer lugar ama a sus hijos y los recibe cómo están (recordemos la parábola del hijo pródigo y el Padre misericordioso). Él mismo se manifiesta con un corazón „manso y humilde‟ que da confianza para que cualquiera pueda acercarse sin temores con la certeza de ser recibidos siempre y que su cercanía será una ayuda, un alivio y un aliento para recorrer un camino de crecimiento, enfrentando los problemas que nos aquejan y cargando con las propias cruces. Sobre esto nos dice el Papa Francisco: “Él nos espera, nos espera siempre, no para resolvernos mágicamente los problemas, sino para hacernos fuertes en nuestros problemas. Jesús no nos quita los pesos de la vida, sino la angustia del corazón; no nos quita la cruz, sino que la lleva con nosotros. Y con Él cada peso se hace ligero (cf. v. 30) porque Él es el descanso que buscamos.

Cuando en la vida entra Jesús, llega la paz, la que permanece en las pruebas, en los sufrimientos. Vayamos a Jesús, démosle nuestro tiempo, encontrémosle cada día en la oración, en un diálogo confiado y personal; familiaricemos con su Palabra, redescubramos sin miedo su perdón, saciémonos con su Pan de vida: nos sentiremos amados y consolados por Él”. (Ángelus del 9 de julio de 2017)

4. Jesús, a su vez, nos invita a aprender de él, para poder incorporar sus mismos sentimientos y actitudes. Espera que demos lugar al Espíritu que nos habita para ser también nosotros “mansos y humildes de Corazón” y aceptar y recibir la vida de los demás así como están y, a la vez disponernos a recorrer un camino con ellos acompañando sus más diversas necesidades.

Los centros barriales y los Hogares de Cristo, son comunidades de nuestra Iglesia que trabajan sobre todo con familias y con jóvenes en situación de mucha vulnerabilidad, por la pobreza estructural que los afecta, o por las adicciones que los tienen aprisionados o por fragilidad en la salud o por problemas de integración social… Allí una de sus actitudes primordiales es “recibir la vida como viene”, sin juzgarla, sino simplemente aceptándola como está. Lo hacen con la disposición a acompañarla con una segunda actitud clave “cuerpo a cuerpo”, o sea caminando juntos, buscando comprender la situación en que la persona se encuentra para brindar la ayuda adecuada y para dar oportunidades de inclusión en una comunidad que es familia que le abre la posibilidad de dialogar, aprender un oficio, acercarse a Dios, educarse, etc… en definitiva crecer.

Lo más sorprendente es que jóvenes que han estado destruidos al haber sido tratados con esa misericordia se van recuperando y son los que luego ayudan a otros con, quizás, mejor disposición. Damos gracias por tener cuatro de esos centros en la diócesis.

5. Hoy que rezamos por la Catequesis y por la Educación en la Diócesis ponemos los ojos en este Jesús manso y humilde de Corazón que tiene que manifestarse en cada uno de esos ámbitos. Que importante es que un niño, un adolescente, un joven, una familia que acude a la catequesis o a un colegio católico haga esta experiencia de encuentro con Jesús manso y humilde de corazón, que los recibe como llegan, y los acompaña en la particular situación en que se encuentran.

Doy gracias a tantos catequistas y docentes que brindan su tiempo y carismas en esta tan indispensable tarea evangelizadora. Y les pido que busquen cada vez más ahondar en su vínculo con Jesús Maestro „manso y humilde de corazón‟. La profundidad de esta experiencia en ustedes hará que naturalmente acompañen a otros a crecer en su vida espiritual y en todas las dimensiones de la vida.

Que nuestro Santo Moreno bendiga a todos los catequistas y a quienes desempeñan tareas educativas y les conceda vivir generosidad y con alegría su misión. Así sea

Mons. Dante G. Braida, obispo de La Rioja