Lunes 24 de enero de 2022

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"Memoria agradecida y alegría misionera"

BRAIDA, Dante Gustavo - Mensajes - Homilía de monseñor Dante G. Braida, obispo de La Rioja en la misa por el primer aniversario de la beatificación de los Mártires (Iglesia catedral y santuario San Nicolás, 27 de abril de 2020)

1. Gracias Señor, por la vida de los martires Wencesalao, Enrique, Carlos y Gabriel, gracias por las huellas de santidad que ellos dejaron para que iluminen nuestras vidas y a toda la sociedad.

Gracias, gracias por el don de su beatificación el pasado año.

Al celebrar el primer aniversario de la beatificación de nuestros queridos mártires lo primero que nos nace es una MEMORIA AGRADECIDA, en primer lugar por la vida de cada uno de ellos que tienen un mensaje siempre nuevo y actual; y, a su vez, -memoria agradecida- por lo vivido en esa semana de la beatificación, con un intenso trabajo compartido que también nos dejó muchas enseñanzas.

2. Primeramente damos lugar a una Memoria Agradecida por cada uno de los Cuatro mártires:

En la beatificación la figura de Mons. Enrique Angelelli era la más reconocida y la que de algún modo marcó la vida de los otros beatos y la de tantos que lo conocieron de cerca o a la distancia.

Solo quiero destacar hoy cómo su vocación y misión la llevó adelante siendo fiel al Evangelio y a la Iglesia de su tiempo, asumiendo y abrazando con pasión la renovación que trajo el Concilio. Esto lo reflejó en la propuesta pastoral donde cada uno podía encontrar su lugar y en la que la actitud de servicio marcaba la vida de todos, un servicio que tenía como destinatario privilegiado a los más pobres y necesitados. Muchos se sintieron atraídos por esta pastoral y se sumaron para ser parte de una Iglesia servidora y misionera.

Así, el beato Gabriel Longueville, desde su Francia natal sintió como sacerdote el llamado a ser misionero más allá de las fronteras de su diócesis, un llamado a compartir la fe en otras tierras y llegó aquí a ejercer el sacerdocio en Los Llanos. Lo hizo de un modo cercano a la gente y, a la vez, sencillo y respetuoso de la vida y religiosidad del pueblo. El beato Carlos de Dios Murias, miembro de la familia franciscana conventual, movido por ese fuego interior del Espíritu fue enviado por la Orden como misionero para abrir caminos para la fundación de una comunidad en tierra riojana. Ambos, de distintas procedencias, fueron acogidos por esta familia eclesial riojana para sumarse a la pastoral de conjunto que aquí se vivía. Y eso era lo que esperaba de los religiosos, nuestro Obispo Enrique: que, desde su propio carisma, se integraran al andar diocesano y despertaran el ardor misionero en la comunidad. Ellos, además de compartir la misión, compartieron la entrega de sus vidas en el martirio.

Gracias, Fray Carlos de Dios y Padre Gabriel por sus vidas consagradas y entregadas hasta el final.

Al tener una memora agradecida del beato Wenceslao Pedernera quiero en primer lugar que recordemos un detalle de aquel 27 de abril: la figura de Wenceslao fue la que cosechó los aplausos más intensos ¿Por qué habrá sido? Seguramente cada uno tendrá una respuesta. Pero me animo a decir que quizás muchos nos sentimos admirados por su vida simple y generosa que ha puesto de manifiesto claramente que la santidad se puede vivir plenamente en la vida cotidiana en las actividades habituales que cada uno realiza.

Efectivamente, el beato Wenceslao, como laico, recibió la vocación al matrimonio y formar, con su esposa, una familia y desempeñar su trabajo como obrero rural. Luego de su conversión su compromiso con estas realidades se profundizó hasta descubrir el llamado a venir a esta tierra riojana junto a su familia. Su vida pastoral se expresaba sobre todo en el cuidar y promover, junto con su esposa, el crecimiento de su familia y en el contribuir a que el trabajo de la tierra sea reconocido y redituable para quienes eran más pobres.

Para Mons. Angelelli los laicos son miembros insustituibles en la misión de la Iglesia. Por eso cuando llegó a la diócesis les decía: “(que) se comprometan mejor para hacer de nuestra Rioja una comunidad más fraterna, más justa, más realizada y más feliz. Por eso piensen, reflexionen, dialoguen, opinen, participen, oigan, aprendan, obedezcan, intervengan, inquiétense, angústiense por los demás, sean solidarios y corresponsables con todos; testifiquen, vayan y produzcan fruto abundante de vida, de testimonio y compromiso cristiano; siéntanse corresponsables junto al obispo, a los sacerdotes y a las religiosas de la misión de la Iglesia” . (Primer Mensaje al pueblo riojano 24.08.68).

Gracias beato Wenceslao por tu sensibilidad evangélica y por tu solidaridad generosa sostenida hasta el final.

La vida de nuestros mártires estuvo marcada por un ir profundizando cada vez más su vínculo con Dios que lo llevaba a dejarse llevar por esas mociones interiores que el Espíritu les iba suscitando para tomar decisiones y vivirlas en lo cotidiano. Las dificultades, las persecuciones persistentes no apagaron ese fuego interior y comunitario. Al contrario, fueron el ambiente propicio para que se manifestara hasta en la entrega de sus vidas.

El beato Enrique, supo de estas amenazas y las sufrió. Asimismo, con toda la comunidad diocesana, sintió profundamente los asesinatos de Carlos, Gabriel y Wenceslao que lo precedieron. Pero no  perdió el ‘norte', conservó el horizonte que siempre lo movió: la ESPERANZA en CRISTO RESUCITADO. Decía en Chamical en la misa despedida de los mártires: ¿Qué significa mártir o testigo…? Es testigo el que ha visto, el que ha tocado, el que ha oído, el que ha experimentado y el que ha sido elegido y además enviado para que vaya y les diga a todos: ¡El Señor ha resucitado! Por eso, esta sangre es feliz, sangre mártir, derramada por el Evangelio, por el nombre del Señor, y para servirles y anunciarles la Buena Nueva de la Paz, la Buena Nueva de la felicidad”. (Homilía 22.07.76)

Gracias beato Enrique por tu vida y entusiasmo por el Reino, por animar el camino fraterno de la Iglesia y su condición de servidora en la sociedad y por haber sido fiel hasta el final.

Cuánta luz nos dan nuestros mártires para abrazar el hoy de nuestra historia. En estos tiempos de pandemia nos es muy grato ver a tantos laicos y laicas, servidores en la sociedad que viven su vocación plenamente para enfrentar este momento. También el esfuerzo que hacen los docentes y educadores para continuar con su tarea. El valor de la familia como lugar donde transitamos la cuarentena y que nos va permitiendo una profundización de los vínculos. Las cocinas comunitarias para resolver las necesidades básicas de alimento, porque claro, también, este tiempo plantea grandes desafíos para muchas familias, por no poder trabajar, por ejemplo. También nos es muy grato ver como Sacerdotes, religiosos, religiosas y agentes de pastoral buscan caminos de acompañamiento a las comunidades para que sigan alimentando su fe y su compromiso ciudadano.

Como nuestros mártires tenemos que asumir y aceptar el momento histórico que nos toca vivir y descubrir en él los signos de los tiempos que nos da Dios. Quizás sea tiempo para descubrir un nuevo estilo de vida, más austero y sereno, simple y solidario. Donde una mayor sensibilidad y creatividad se manifiesten en cada ciudadano. Donde el valor y cuidado de la vida esté indudablemente por encima de otros intereses.

3. Haciendo una Memoria Agradecida de los días de beatificación vivida hace un año es bueno tener presente que la misma implicó mucho trabajo. Un trabajo compartido entre muchos. Hoy recordamos y agradecemos a los que han integrado las once comisiones con las cuales se abarcaron todas las dimensiones del evento. Además muchas familias abrieron sus casas para recibir a los peregrinos. Diversas instituciones de la sociedad riojana participaron en la organización de las actividades, de modo particular del espacio de las carpas que estuvieron en la plaza central recordando y actualizando el mensaje de los mártires. También las familias campesinas realizaron una jornada de adhesión y celebración en Sañogasta en torno a la figura del beato Obrero Rural. Las autoridades y trabajadores municipales y provinciales como tantas instituciones ofrecieron sus recursos para que todo pudiera estar a punto. También fueron valiosas las pequeñas y anónimas colaboraciones de personas que aportaron algo de lo que hacía falta.

Pero no solo fue importante el trabajo, sino también la coordinación y complementación de esos trabajos. La Armonía en la tarea realizada por todos fue fundamental para que el espacio creado en la Plaza 25 de Mayo durante cuatro días fuera un lugar de encuentro y reencuentro para muchos peregrinos, esto expresado en tantos rostros alegres que por allí transitaban; para que las vigilias de Chamical, Sañogasta y Capital ayudaran a la disposición espiritual y comunitaria; para que la celebración del 27 de abril haya sido alegre y bella; y para que las misas de acción de gracias fueran llenas de gozo y gratitud. Quisiera recordar aquí particularmente al Cardenal Angelo Becciú, quien presidiera la celebración central y nos dejara un mensaje claro y profundo; y la cercanía y apoyo del querido Nuncio Léon Kalenga Badikebele, quien días después falleciera.

Luego de los meses de preparación y de transitar esa semana intensa terminamos todos cansados pero muy contentos. Y percibimos con claridad que nuestro buen Dios tomó el trabajo y la ofrenda de cada persona y de cada institución y la hizo florecer y para el bien de todos.

Este trabajo mancomunado y armónico hace alusión esa dimensión SINODAL de la Iglesia que con toda claridad nos expuso el Concilio Vaticano II y que nuestro Pastor Enrique abrazó con tanto fervor y que el papa Francisco quiere poner cada vez más de relieve.

En una Iglesia sinodal hay lugar para todos, y cada uno participa con los dones y carismas que ha recibido y se integra con sus propias necesidades y carencias. Sin dudas que el caminar juntos en una Iglesia sinodal implica también un desafío porque somos distintos y tenemos que convertirnos constantemente para poder reconocernos y aceptarnos. Pero esa es la obra que Dios va realizando en sus hijos con delicadeza y paciencia para que todos podamos crecer. Porque Él es el Buen Pastor del que nos hablaba el Salmo: que “repara nuestras fuerzas… y nos guía por el recto camino…y aunque crucemos por oscuras quebradas Él está con nosotros” (cf. Sal 22) Ese caminar juntos, animados por el Espíritu e iluminados por el Evangelio, con todas sus posibilidades y desafíos es lo que hace bella atractiva la vida de la Iglesia y, a la vez, la hace más apta para la misión.

Querida comunidad riojana queridos hermanos que participan de la vida de la iglesia en distintos lugares. La Iglesia es nuestra casa, nuestra familia, hoy te quiere integrado y activo con tus talentos y también con tus defectos, ¡quien no los tiene! Pero es ahí donde con más claridad se manifiesta la gracia y la misericordia de Dios. No dejemos pasar nuestra hora! Nadie está de más en la Iglesia, cada uno tiene un lugar y algo para aportar!

4. Por último es bueno recordar que la beatificación fue también un acontecimiento que nos trajo mucha ALEGRIA. Diría una ALEGRÍA SERENA Y PROFUNDA. Esa ALEGRÍA que brota del Evangelio vivido y compartido. Es la Alegría de las Bienaventuranzas que recién escuchamos: Felices los que tienen el alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos… Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos… a causa de mí. Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo…” (Mt 5)

Cuando trabajábamos para la beatificación se percibía mucho compromiso y también una gran alegría por sobre todo por estar poniendo nuestro granito de arena para honrar esas cuatro vidas generosas y entregadas hasta el martirio.

La ALEGRÍA del Evangelio no se la puede guardar, ni contener, siempre nos conduce a la misión en cualquier circunstancia. Es un sentir común que la beatificación fue un acontecimiento más que importante pero para nada un simple punto de llegada, sino un gran impulso para que la vida y testimonio de los mártires nos animen en la misión evangelizadora de la Iglesia hoy y en el compromiso generoso para construir un mundo más justo e inclusivo.

Por eso que esta Memoria Agradecida por la vida de nuestros mártires entregada como la de Jesucristo, que esta memoria agradecida por su Beatificación, nos animen a caminar juntos y a responder con generosidad a la misión evangelizadora para que el Reino de Justicia y Paz que Él vino a establecer pueda ser realidad en nuestros días y podamos gozarlo en su plenitud el día de nuestra partida. Así sea.

Mons. Dante Gustavo Braida, obispo de La Rioja